CREO QUE EL GOBIERNO DE URIBE ha sido bueno. Escribo, pues, con pleno respeto por el primer mandatario.
No participé en su campaña pero lo acompañé en su idea de un referendo para cambiar una serie de prácticas políticas indeseables. Lamenté públicamente la derrota de esa iniciativa y sigo aún hoy pensando que los colombianos cometieron un error.
He acompañado y seguiré acompañando su política de seguridad democrática porque creo que su culminación es elemento esencial para el futuro de este país.
Apoyé su primera reelección como una medida extraordinaria pero necesaria.
No obstante, también me he separado públicamente de actitudes y decisiones suyas cuando he considerado que han sido inconvenientes.
En esencia, creo haber obrado en mis expresiones públicas con objetividad. O, al menos, siendo fiel a mí mismo sin cumplir agendas ajenas ni servir de consueta.
Sentadas esas premisas, y ante la insistencia de un grupo de colombianos de seguir recolectando firmas para la reelección, me parece que es necesario fijar una posición al respecto.
Comparto con Uribe la necesidad de continuar la política de seguridad democrática y de confianza inversionista. Pero, en cambio, pienso que utilizar ese argumento para darle fundamento a una nueva reelección, no sólo es nocivo para la política misma sino para el legado histórico del Presidente. Hay colombianos perfectamente capacitados para prolongar esa tarea. Es más sólida la confianza de los inversionistas, si no depende de una persona sino del funcionamiento de las instituciones.
La prolongación del mandato actual mediante un segundo cambio de la Constitución perjudica al propio Presidente, quien ha sido un demócrata practicante. Su devoción por el ejercicio de la autoridad, no ha significado violación del estado de derecho. Aquí hay prensa libre, cortes independientes, libertad de opinión y esfuerzo gubernamental a favor de la preservación de las libertades públicas. Un nuevo período suyo, permitiría deformar esa imagen de demócrata y tendría una pésima lectura nacional e internacional.
Dicen los promotores del referendo que lo verdaderamente democrático es que el pueblo decida. El argumento es rutilante, pero tiene mucho de oropel. En democracia, sobre todo en un régimen presidencialista como el nuestro, tanto contribuye a su afianzamiento la expresión libre del pueblo, como los límites a los poderes, incluida la Presidencia de la República, los cuales son condición inherente a un equilibrio verdaderamente democrático. Alguien dijo que la voz del pueblo es la voz de Dios. Creo que Dios tiene muy poco que ver con este asunto, que más bien es cuestión de Madison, Jefferson, Montesquieu, Bobbio.
Muy buena parte de la nociva crispación política que vivimos, proviene de la persistencia en el empeño de impulsar una nueva reelección. Aun triunfando Uribe, la tensión política durante un tercer mandato sería insoportable.
Engrandecería la figura histórica de Uribe cortar de un tajo esa iniciativa, gesto que tendría lugar en el cenit de su popularidad y no como resultado de un mandato marchito.