CUANDO HABÍAMOS LOGRADO UNA virtual unanimidad en la condena a la violencia como arma política y el destierro de la idea, franca o subrepticia, de que la pobreza justificaba la guerrilla, se nos viene la Comisión de Reconciliación que orbita alrededor de la Iglesia con un documento que nos transporta de un plumazo a los años 80.
La propuesta contiene una serie de iniciativas impecables, aunque un tanto simplistas, entre ellas, aplausos, la necesidad de aplicar una profunda reforma agraria. Santo y bueno, si no fuera porque el propósito manifiesto es la promoción de un diálogo político con la guerrilla en medio del charco de sangre.
No es el diálogo lo que molesta, sino la gran ingenuidad que implica volver a caer en la trampa del dialoguismo circular que lo único que produce como resultado es la validación de los ataques contra la población, el secuestro y los demás actos de ferocidad y barbarie a la que nos han sometido las organizaciones al margen de la ley.
La gran fortuna es que la propuesta fue recibida con una clara manifestación casi unánime de los candidatos presidenciales en el sentido de que cualquiera aproximación al diálogo debe estar precedida por la eliminación unilateral y definitiva de la violencia como instrumento para la lucha política.
La propuesta es inadecuada, inoportuna e injustificada y va en contravía de consensos básicos que habíamos logrado con dificultad, a fuerza quizás de sufrimientos sin cuento en el seno de esta sociedad. Por eso resulta sorprendente que el único que le abrió la puerta a la idea, sin beneficio de inventario, fue Angelino Garzón. Provisionalmente quisiera creer que se trata de un malentendido. Hay algo allí que no cuadra, porque parece evidente que el ascenso vertiginoso de Mockus, que tiene varias causas, se basa principalmente en lo siguiente:
Uribe ganó en 2002 acaballado en los dos miedos centrales de la sociedad colombiana, Chávez y las Farc. Esos miedos se conectaban a la sazón con realidades electorales. El extremo debilitamiento de los sectores radicales del Polo y el discurso moderado del candidato Petro, permitieron que las clases medias y altas desconectaran sus miedos del panorama electoral. No es que hayan desaparecido, sino que para ellas no tienen entidad electoral. La burguesía ha tomado vacaciones y se atreve ahora a contemplar el voto por un extraño matemático de origen lituano que ha logrado cambiar el panorama político, pasando de la seguridad a la ética pública, que es ahora el tema central.
Pese a cierto sabor de lugar común, las propuestas temáticas de la Comisión merecen discusión. Pero eso de regresar a la feria de ofertas desde la legalidad en beneficio del terrorismo es un verdadero contrasentido histórico.
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El admirable Consejo Electoral, lleno de aciertos, insiste sin embargo en practicar la censura. Ahora quitó unas vallas contra Mockus en Villavicencio. En una sociedad libre, hay derecho incluso a la grosería. La urbanidad no es cosa de decreto. Es más: universalmente, los políticos soportan mayor tolerancia contra los ataques. Con el criterio del CNE, Jaime Garzón hubiese sido silenciado antes de morir. El CNE no se puede convertir en un prefecto de disciplina.