EXACTAMENTE DETRÁS DEL PODIO regularmente utilizado por Silvio Berlusconi para atender sus conferencias de prensa, hay un cuadro de Tiépolo que muestra una imagen femenina con un discreto seno al aire.
El gobierno decidió cubrirlo púdicamente con el inverosímil argumento de que, al ser exhibido en la televisión, puede perturbar el espíritu de espectadores escrupulosos. Digo que el argumento es poco creíble en un país que está repleto de estatuas desnudas en los cuatro puntos de la rosa de los vientos.
Ni el Museo Vaticano escapa a la invasión nudista. En Italia nació la nueva ola del cine, el vanguardismo en materia sexual y la libertad casi sin límites. Uno hasta puede imaginar una chirriada anciana bogotana, dedicada al punto cadeneta punto y al bridge, escandalizada por un seno desnudo. Pero es difícil pensar que ello ocurra en un país con tal amplitud de costumbres, que lleva el arte, desnudo incluido, en los entresijos de su cultura.
Cuentan los expertos en comunicaciones que luego de un famoso discurso del rey Juan Carlos, crucial para el futuro de España, los televidentes recordaron más las travesuras del principito Felipe que los sesudos planteamientos de su padre. Lo mismo se asegura de John John Kennedy y de Simón y María Paz Gaviria.
Realmente pienso que lo que realmente preocupa a Berlusconi no es la ñoñería presunta de sus compatriotas, sino que en acto de lucidez estética y política, la redondez del seno monopolice, como corresponde, casi toda (¿o toda?) la atención de los italianos.
Porque en eso de decir una cosa y pensar otra, Berlusconi se las trae.
Acaba de sacar el ejército a la calle, para ejercer labores de vigilancia propias de la policía, con el argumento de que busca afianzar la seguridad de los ciudadanos. Es claro que la democrática Europa está aterrada con semejante decisión, que mina la raíz de su tradición en materia de seguridad. Pero es claro, como en el caso del pudibundo seno, que la verdadera intención de la decisión es atemorizar hasta los tuétanos a los millares de inmigrantes que buscan a gatas una vida medianamente digna.
Es claro que en momentos de penuria, el instinto primario sea expulsar del suelo patrio a los competidores. Pero este gesto de egoísmo de origen animal, va acompañado de la negación de una serie de valores que han hecho parte de la dignidad humana y del concepto contemporáneo de civilización racional. La extrema derecha se enquista en una situación de esa naturaleza, como lo hizo en Alemania durante el nacimiento larvado del nazismo, y logra derrotar valores como la solidaridad y el altruismo.
No es pues una simple coincidencia que el supuesto movimiento moralista en contra del seno desvelado, vaya de la mano de una intimidante racha de medidas de extrema derecha que ponen en riesgo el estado de derecho y la carta de libertades civiles que es inherente a él. Es la civilización, como la conocemos, la que está en riesgo. Súmese a esto la anunciada medida adoptada en Estados Unidos, según la cual los funcionarios de inmigración pueden incautar los computadores y demás correspondencia, sin orden judicial y sin obligación legal expresa que establezca la duración de la retención y el procedimiento para su devolución.
Quizás la mejor forma de reaccionar sería una especie de huelga de sostenes caídos mientras los demócratas logran decirle adiós a Berlusconi.