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¿Quién quebró la silla vacía?

31 de mayo de 2008 - 02:00 a. m.

LA CONSTITUCIÓN ORIGINAL DEL 91 prohibió el carrusel de las suplencias. Era una corruptela que se usaba para pagar favores y mantener aceitada la maquinaria clientelista.

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Al prever solamente el reemplazo de los congresistas por faltas absolutas, la Constitución adoptó lo que hoy se conoce como la silla vacía. Un congresista preso o suspendido, simplemente no era reemplazado.

En 1993 vino la reacción: se presentó un proyecto para revivir las suplencias por faltas temporales, incluida la licencia, que era el mecanismo favorito para favorecer a los conmilitones. No se vislumbraba todavía el efecto en la parapolítica, pero la gula de los congresistas era patente. Hoy quedo atónito al leer que el senador Lara, enredado en sus impedimentos, dice que es una medida frívola.

El proyecto lo presentaron muchos senadores, algo así como 40. Name, Tiberio Villarreal, Félix Salcedo, entre otros.

En el Senado, la votación favorable fue prácticamente unánime. ¿Pero saben quién se opuso? Turbay Quintero, hoy contralor general, porque consideró que era “inoportuno” revivir las suplencias (Gaceta 166/93).

De allí en adelante, el proyecto marchó sin mayores contratiempos. La historia de la discusión es también la historia de la manera como muchos congresistas acuden a todo tipo de jugarretas verbales para encubrir la verdad. Se dijo que no se estaban reviviendo las suplencias porque esa expresión textual no aparecía en el articulado. Se repitió esto sin sonrojo, escamoteando deliberadamente el hecho de que el pudor de la gramática apenas disimulaba el punto central: que un congresista podía pedir una licencia para que entrara el compadre. Muchos de ellos para conseguir una jubilación relámpago.

Otro artificio digno de los mejores fabulistas, fue sostener que los suplentes eran necesarios porque en los estados de excepción el Congreso estaba obligado a sesionar. ¿Puede pensarse en algo más traído de los cabellos?

Una de las ponencias (Gaceta 276/93) correspondió al senador Gerlein. Una pieza conmovedora. Allí se dice que los pobrecillos congresistas de provincia permanecen estancados en Bogotá lo cual “es contrario a las conveniencias democráticas y a las perspectivas de progreso de las localidades”. Y agrega con candor: la falta de suplencias “le cierra el campo a las nuevas generaciones… las juventudes no tendrán las oportunidades de servicio público de otras épocas”.

Concluye Gerlein con ojo de arúspice malogrado: no se ven “las eventuales prácticas inmorales que pueden producirse por virtud de solicitar una licencia no remunerada”. Frase un tanto miope, pero sobre todo contradictoria con otra esotérica expresión de la ponencia. En efecto, al quejarse de los padecimientos que aquejan a los congresistas por la falta de suplencias, como eso de tener que pedir permiso “para adelantar cursos en el exterior, o para efectuar giras de candidatos presidenciales”, cierra el párrafo con esta enigmática frase: “Y lo que es más triste, son muchos los congresistas que han renunciado a su curul para hacerle honor a los compromisos político-electorales adquiridos durante los comicios”. ¿Cuáles? ¿Partir la marrana?

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Hay que reconocer que al final, en el último debate, algunos representantes se opusieron alegando que el festival de las suplencias convertía al Congreso en un bazar persa. Así votaron Clopatosfsky, Petro y otros.

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Pequeño homenaje: también se opuso José Fernando Castro. Esto lo enaltece. ¡In memoriam!

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