COMO LA ÉPOCA ES PROPICIA PARA predicciones, decidí echar mi cuarto a espadas en el terreno de la política. Mi afirmación es que la Unidad Nacional gozará de buena salud, al menos durante este año.
Nadie querrá moverse, porque el que se mueve no sale en la foto. A eso contribuyen no sólo las elecciones de octubre, sino otra serie de factores en los que incluyo hasta el propio invierno.
Por el lado del uribismo puro y duro, creo que ya el ex presidente se tragó los grandes sapos: el “nuevo mejor amigo”, el cambio en la política agraria, la eliminación de los huecos tributarios y el cambio de la terna de Fiscal. La pregunta en el segundo semestre del año pasado era esta: ¿Hasta dónde resiste Uribe? Esto ya es papel mojado y el ex presidente, con su cohorte de confianza, anda ahora ocupado en las elecciones locales. En este panorama, no sería nada razonable iniciar una pelea con el Gobierno. Como tampoco lo sería para el Partido Verde que, aunque no está en el Gobierno, tampoco querría desafiarlo, sobre todo si la Gobernación de Antioquia está en el radar. Es casi seguro que los verdes se mantengan entre un sí y un no, tan gaseoso como rentable. Ya se sabe que los conservadores le han seguido apostando a Uribe y mientras éste no se aleje del Gobierno, los godos seguirán pegados a la administración con Colbón.
Miremos hacia el otro lado. Con excepción del oficialismo dentro del Polo, nadie desde el centro hasta la izquierda habla de oposición. Y el mismo núcleo del Polo apenas pregona de cuando en cuando, por boca de Robledo, que está en contra de Santos. Pero es apenas un gemido. El fenómeno sorprendente, por el contrario, es la nueva izquierda santista. Después de décadas de calificarlo como el adalid del neoliberalismo, centralista, clubman, alejado del pueblo, educado en el exterior, ajeno a la mesocracia mestiza, ahora para esta nueva izquierda Santos es su campeón. La razón no es la que aparenta. Es que entienden que sostener a Santos es un seguro contra el uribismo recalcitrante. Esta neoizquierda se pega a Santos como una lapa para protegerse de Uribe. De modo que, mientras Uribe esté activo, como piensa estarlo, Santos no corre riesgos por este flanco. O sea que, a su vez, Uribe también es un seguro para Santos en una combinación sinalagmática perfecta.
Y el Partido Liberal, después de un desierto de doce años, no se va a mover de allí, con o sin burocracia. Por ahora, ha colonizado algunos terrenos: víctimas, tierras, primer empleo. Y otras ventajas vendrán después. El que esperó doce años, espera ocho. O, al menos, cuatro.
El gran desafío de Santos, pues, que parecía estar en la política, se ha trasladado al invierno. Seguramente tendrá tropiezos en la tarea de reconstrucción. Pero ésta comenzará bajo el manto de la comprensión, ya que los políticos regionales tendrán que recibir los primeros y más inmediatos reclamos de las víctimas. Y esto no será posible administrarlo sin la ayuda del Gobierno Nacional.
Si algo faltara, el panorama electoral, por su propia naturaleza, lucirá fragmentado. No hay espacio para grandes controversias nacionales. De modo que me atrevo a decir que, cuando creíamos el año pasado que la política sería el mayor problema de Santos, creo que le espera un año tranquilo en este frente.