El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Sí hay espacio

31 de enero de 2008 - 12:05 p. m.

La carta de William Ospina al presidente Chávez (Cromos, 19-I-08) no sólo muestra que sí hay espacio para una discusión civilizada en Colombia, alejada del consabido insulto, sino también que es posible pasar de la apelación retórica sobre un acuerdo nacional contra la violencia, a una agenda concreta.

PUBLICIDAD

Ospina coloca una gran carga de responsabilidad en el Estado y la clase política en el surgimiento y perpetración de la violencia. Pero pese a ello, niega toda posibilidad actual a la violencia como instrumento para ejercer la acción política. Una visión de esta naturaleza permite ese punto de encuentro sobre las cuestiones fundamentales de Colombia, porque aún quienes discrepen sobre la génesis del conflicto, pueden sin embargo ponerse de acuerdo en la necesidad de suprimir al menos aquellos rasgos de violencia que son atentados contra la humanidad y constituyen crímenes de guerra.

Igual puede decirse de otro elemento que toca Ospina. ¿Son las Farc simples narcotraficantes? Sorprende la diversidad de opiniones sobre algo tan elemental. Si esta sociedad no tiene siquiera un diagnóstico sobre la naturaleza de ese grupo, la confusión puede ser preocupante. En esta materia hay una inmensa dispersión. Las distintas visiones no corresponden a ejes ideológicos.

Ejemplos: Plinio Mendoza, a quien se tiene como hombre de derecha, cree que son un movimiento político. Pardo Rueda, desde el centro, cree lo mismo. Ospina, hacia la izquierda, da igual diagnóstico. En una escalofriante declaración concedida a El País de Madrid, Consuelo González dijo: “Desde el guerrillero raso hasta el más representativo, están en la tarea de capacitarse, de estudiar su plataforma política”.

Pero lo positivo es que sin perjuicio de esta discusión, puede lograrse consenso en proscribir los métodos de las Farc y hallar caminos para que una solución pase por el respeto al derecho internacional humanitario.

Tan acertado Petro al anunciar su asistencia a la marcha del 4 de febrero como errático Borja al ausentarse, con el pueril argumento de que quien está contra las Farc apoya a Uribe. Ese no es el sentido de la marcha.

Ospina ve la solución en la negociación política. Lo interesante es que a esa conclusión llega sin validar los métodos de las Farc, sino porque considera improbable la victoria militar. No importa. Aun quienes crean que ella es posible, no necesariamente deben desdeñar el diálogo siempre y cuando la guerrilla modifique su comportamiento. Nuevo hipotético punto de encuentro.

Ospina igualmente enfatiza sobre las deficiencias de nuestra democracia. Lo interesante es que, en vez de utilizarlas como soporte de la ferocidad, continúa rechazando la situación que padecemos. Esta es la frase clave: “No puedo ver hoy a las guerrillas colombianas como proyectos de civilización”.

Por último está la cuestión Chávez. Ospina no es propiamente un enemigo suyo. Pero sin vacilación discrepa de cualquier reconocimiento mientras las Farc no sean las que den el primer paso. Agrega que a Chávez no le conviene echar sobre los hombros de su movimiento bolivariano “los crímenes inexplicables de una guerrilla endurecida e insensible”.

Si lo de Chávez es una jugada geopolítica hacia una Gran Colombia bajo su égida, echará la carta de Ospina a la basura. Si, en cambio, quiere de buena fe ayudar, no podrá desoír su sabio consejo.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias