Está bien. Muchos dicen que a Obama se le fue el mandato en retórica galana y que la cosa sigue a peor.
Olvidan que el desastre no lo inició él y que fue en los circuitos de la derecha financiera donde comenzó a gestarse. Pero está bien. Admitamos que Obama no alcanza cifras de excelencia. Pero hay que examinar las alternativas. Sobre todo ahora que Romney, el rico cuáquero rentista, que parecía comandar la batalla republicana, y que al menos tenía un pasado relativamente moderado en Massachussetts, está en el filo de la navaja.
Ha despertado Gingrich que parecía derrotado. Un verdadero peligro. La base central de todo su programa es el excepcionalismo norteamericano. Con fiero acento patriotero y nacionalismo sospechoso, sostiene que Estados Unidos está llamado a ser el guía del mundo. Una retórica wagneriana que se convierte en licencia para matar. De hecho, un segundo punto es el rechazo al multilateralismo. Tanta discusión con otros países debilita ese papel iluminado. La definición que hace del ala demócrata es inquietante: la denomina “maquinaria socialista-secular”. Puede que en algunas cosas ciertos demócratas sean excesivamente estatistas, pero de allí a hablar de socialismo secular, la exageración no presagia nada bueno. Europa es mirada como algo simplemente decadente, porque por un exceso de magnanimidad, más o menos el Estado emasculó toda iniciativa personal. El paradigma es el del gringo solitario de pistola al cinto, cigarro en boca, conquistando el Oeste, así tuviera que matar cuanto indio apareciera y enfrentarse todos los días a duelo en la lucha por la riqueza. Otro elemento es el desprecio por lo intelectual. Me recuerda la película Joe (Ah, la bella Sarandon por primera vez en pantalla) cuando el gringo rudo dice más o menos: “Todos los intelectuales son maricas y comunistas”. No podía faltar Dios, que es como una especie de jefe de campaña de Gingrich: “Los americanos, orgullosos de nuestra historia, sabemos que Dios es indispensable para entender el papel excepcional de los Estados Unidos” (Winning the future, 2005). El telón final es una cierta desconfianza de la democracia: “(La izquierda) creó un sistema socialista en el que una mayoría de votos, que es dependiente de la largueza del Estado, votará siempre por el partido del estatismo. Por lo tanto, a los americanos que prefieren la América tradicional en vez de la visión socialista sólo les queda una opción: ponerse de pie y luchar”. (To Save America. Stopping Obama’s secular-socialist machine. Gingrinch, Newt. Amazon).
Pero ahí no termina la película. Aunque Santorum ha perdido empuje, sus ideas siguen cabalgando en el ala extrema del republicanismo. Miren este ejemplo de solidaridad social: “Bajaré el impuesto a las sociedades del 35% a cero (..) para traer trabajo a Estados Unidos (…) voy a cortar todos los subsidios y dejaré que el mercado trabaje (…) Estoy a favor de sacar al gobierno del sistema de salud y también de un sistema basado en el consumidor” (Santorumism. Amazon).
Y de Ron Paul no hablemos. Cierto ademán libertario sería atractivo si no cayera en el egoísmo extremo.
En el caso de Obama, es mejor malo conocido.