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Soberanía para todos

07 de marzo de 2008 - 09:29 p. m.

Que haya que bombardear la Casa de Nariño no es un insulto a sus habitantes, sino a todos los colombianos. Tanta estridencia de Correa es fruto de su deseo de esconder algo.

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Pero hay que ponerle cabeza fría al asunto. El reclamo del Ecuador, acogido por la OEA, se basa en el principio clásico de la soberanía. Y es un reclamo que comparte el pueblo ecuatoriano. En Hora 20, el senador Robledo abogó por la intangibilidad de los principios de derecho internacional. Agregó qué es lo que le conviene a un país vulnerable como Colombia. La postura es respetable.

Pero aún así, miremos el asunto más a fondo. La soberanía alcanza su clímax con la fundación de los Estados nacionales luego del Pacto de Westfalia. Es su atributo natural. Por tal razón, de cierto modo, era previsible la cascada de discursos condenatorios en el seno de la OEA, que es un club de Estados soberanos. La soberanía es el negocio de los Estados.

Pero no quiero desdeñar el concepto de soberanía y de no injerencia en los asuntos de otros Estados. Pero hoy, cuando el crimen transnacional se ha sofisticado, ese principio debe conjugarse con un eficaz esquema de cooperación. También se viola la soberanía cuando se fomentan o abrigan grupos ilegales que atacan la democracia y las libertades, ponen en jaque la seguridad nacional y, sobre todo, como en el caso de Colombia, someten a la población civil a los más horrendos vejámenes y violan sistemáticamente los derechos esenciales de la población.

El reclamo de Ecuador sería más sólido si mostrara un historial impecable en este terreno. Lástima que a tan elocuentes embajadores ante la OEA se les hiciera agua la boca exaltando la soberanía del Ecuador y se olvidaran de lo que significan las Farc para Colombia. Olvidadizos no de ahora. En la pasada Asamblea de la OEA en Panamá no hubo una sola palabra sobre Venezuela. Y el Chávez de hoy, aunque menos indiscreto, ya había mostrado en exceso sus retozos antidemocráticos, contra la libertad de prensa, la libertad de expresión, la libertad de empresa y la separación de poderes.

Y ese silencio ha contribuido a aclimatar la leyenda de la extrema izquierda que unge a Reyes como el camarada diplomático. Atrás los ruegos del niño canceroso para ver a su padre. Atrás las lágrimas de las desamparadas del secuestro. Personaje siniestro a quien no le tembló la voz para hacer la apología del secuestro y regatear por televisión con la vida de los secuestrados.

Pues bien, la respuesta actual frente a la ubicuidad del crimen es la cooperación. ¿Pero qué pasa cuando los llamados a cooperar, Chávez y Correa andan en tejemanejes oscuros con la guerrilla? ¿Y cuando Ortega, ese sí el cachorro del imperialismo chavista, se suma al coro?

No se trata de echar por tierra la soberanía, que siempre nos será necesaria, pero sí de establecer de qué manera, en un mundo donde la intervención criminal es multiforme, las circunstancias en que se produjo el ingreso al territorio extranjero deben ser sopesadas. Si se quiere, Colombia debe contraer el compromiso de no repetir el hecho. Pero simultáneamente hay que asegurar la cooperación de los vecinos.

Porque, de paso, Colombia no ingresó para quedarse, ni para apropiarse de recursos, ni para esclavizar al hermano pueblo del Ecuador.

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