PROPONE EL NUEVO SIGLO UN frente cívico para defender la Constitución y evitar que se amplíe otra vez el período presidencial. Tiene razón. Es un error permitir que una reflexión sobre nuestras instituciones sea interpretada como una simple manguala partidista.
Entre tanto, algunos impiden que el Presidente busque una salida distinta a quedarse. En un principio fue el paramilitarismo. Una cosa era el legítimo debate sobre la ley de justicia y paz y su eficacia para erradicar de raíz el matrimonio entre criminales y políticos. Pero sectores de la oposición se empecinaron en tratar de demostrar que Uribe personalmente pertenecía a alguna banda siniestra. Las Farc, por su lado, se obstinan en cometer actos de barbarie y afectar de un modo inverosímil a la población inerme. Y esto beneficia sin duda a Uribe. La pelea con la Corte tiene carácter de tragedia. Quien realmente sufre es el estado de derecho. Una reelección del Presidente, por cierto, impedirá que las aguas regresen pronto a su cauce. Una razón adicional para señalar la inconveniencia de la prórroga del actual mandato presidencial.
Y la paradoja: su cohorte de halcones, en medio de la paranoia o el cálculo, todos los días le aconsejan que se quede para evitar la suerte tenebrosa de Pinochet y Fujimori, como si la comparación fuera evidente.
Jaqueado por tan nocivos alfiles, Uribe se atornilla. Y muchas gentes en la provincia creen, de buena fe, que lo que hay es una conjura contra Uribe, auspiciada por la elite, políticos interesados y los medios de comunicación. Y como suele suceder en estos casos, porque es un simple impulso humano, más allá de la verdad fáctica, todo gobernante cree que el agua lustral de los votos borra sus manchas reales o supuestas. Uribe ahora ya no pretende espacio para desarrollar una política nueva, sino que, aferrado a los viejos estribillos (seguridad, confianza inversionista, tejido social) busca mantener lustrosa una estatua que, como lo dije hace poco, aún antes de ser destapada al público con el retiro solemne de la sábana que la cubre, ya ha tenido que recibir el cagajón de una que otra paloma precoz.
Uribe debe pensarlo mejor. Porque a fuerza de evitar la rila de las palomas puede sumergir su efigie en un irrevocable mar de excrementos, comenzando por la propia reelección, con modificación de la Constitución, que lo acerca a aquellos que más odia: los chafarotes y caudillos populistas que habitan el vecindario.
Pero la oposición también debe reflexionar. No se trata de callar nada. Pero la obstinación nos lleva al abismo. La idea de que Uribe saldrá esposado por la Corte Internacional lo impulsa a quedarse. Quienes no tienen que pensar son las Farc. En los sesentas, cuando íbamos a las aulas universitarias codo a codo con compañeros idealistas (esos sí) que terminaron en la guerrilla, el slogan estratégico era éste: hay que provocar una dictadura en Colombia porque eso legitima la lucha armada. En sus delirios, las Farc asimilan a Uribe con un dictador. De modo que ellos necesitan a Uribe. Y Uribe también a ellos por igual, o aún más.