El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Vientos de guerra

24 de julio de 2010 - 11:00 p. m.

NO ES QUE LOS COLOMBIANOS PENsemos en la inminencia de una confrontación armada con Venezuela, pero el asunto no deja de preocupar por cuanto sus consecuencias serían infinitas.

PUBLICIDAD

El verdadero peligro no es la guerra formalmente declarada como en el pasado. El temperamento de Chávez no da para eso. Pero sí el de alguna escaramuza en la frontera que, insignificante en otras circunstancias, podría generar una situación grave. Basta recordar la famosa guerra del fútbol que enfrentó a El Salvador y Honduras.

Vale la pena examinar algunos rasgos de la personalidad de Chávez: explota, pero rápidamente recula.

En el golpe de 1992, a eso de las 7:45 de la mañana del 4 de febrero, tras recibir algunas invitaciones, decidió rendirse. Llega al Ministerio de Defensa, lo recibe el vicealmirante Daniels, entrega su fusil y las granadas y piensa: “La rendición es peor que la muerte. Yo cuando rendí mis hombres dije: hubiera preferido la muerte, es decir, me derrumbé, y yo iba derrumbado”. Cuando se entrega, los rebeldes seguían fuertes en La Carlota, Maracaibo, Valencia y Maracay. Arias Cárdenas, Urdaneta y los demás, quedan en la estacada. “En el fondo todos sus compañeros habían cumplido con éxito sus misiones. El único que fracasa es Hugo Chávez” (Marcano, Barrera, Hugo Chávez sin Uniforme, Debate).

Vamos a 2002. Ya es él la víctima del golpe. Aunque no se sabe si renunció o no (aunque hay un documento que así lo sugiere), el hecho es que monseñor Baltasar Porras fue llamado a Palacio. Chávez le dice: “Yo, después de muchas consultas, he decidido dejar el poder y estoy dispuesto a firmar si usted me garantiza que me permiten salir al exterior”. El golpe fracasó, no por la reciedumbre de Chávez, sino porque los militares le negaron la posibilidad de huir sin ser juzgado en Venezuela. Esta circunstancia permitió que el general Raúl Baduel le avisara que estaba retomando el control, como en efecto sucedió (Humberto de la Calle, El día que Chávez renunció, Ediciones B).

Recordemos por fin el encuentro de presidentes en República Dominicana. Cuando Uribe le plantó el macho, Chávez se frenó.

Pero eso no quiere decir que no haya riesgos. Por el contrario, así como la volatilidad de Chávez ha ido de las alzas a las bajas en estos momentos históricos, podría suceder que en la fase ascendente, dentro de esa ciclotimia que lo caracteriza, haga alguna trastada.

Por eso los pasos de Colombia tienen que ser medidos, pero firmes. Las denuncias ante organismos internacionales cumplieron ya su cometido. La idea de ir a la Corte Penal Internacional es un error. De cierto modo, contrariando lo que yo mismo escribí hace poco, cuando muchos colombianos creímos que Uribe había puesto un palo en la rueda de Santos, ahora, ante los nuevos desarrollos, pienso que para Santos es mejor que Uribe haya asumido el trago amargo de la ruptura. Esto le permitirá a Santos entrar sin prisa pero sin pausa en el diseño de una política que poco tendrá que ver con foros internacionales agotados, sino más bien con la mediación de países amigos.

Coloquémonos en el futuro: un Santos objeto de presiones y de invitaciones hipócritas de Chávez hubiera sido más vulnerable que un Santos que encuentra una política en ceros, lista para ser diseñada íntegramente.

Conoce más
Ver todas las noticias