Los más apasionados de todos los equipos están bravos con el VAR. Que se pierde tiempo, que apaga la emoción de las celebraciones, que de manera súbita cambia el rumbo de un partido. Algo de eso es cierto. Pero para quienes creemos que la justicia está por encima de la emoción y el bochinche, el VAR es una garantía. En primer lugar, decisiones basadas en hechos que han escapado al ojo humano, tienen una superioridad moral. El VAR reduce esa amarga idea de que todo árbitro está cargado. Tampoco es poca cosa que genera una especie de protección al juez. Hay hinchas que permanentemente lo descalifican cuando falla en contra de sus intereses. Es una larga tradición, pero últimamente ha aumentado el número de esos fanáticos, casi siempre furiosos, dedicados a insultar y publicar las mayores barbaridades en contra de la justicia, con mayor razón ahora cuando las redes sociales se desenvuelven en el desenfreno. Esa presión inmisericorde contra la justicia, basada en el estado de emoción de la gradería, afecta profundamente la solvencia ética del juego.
El escaso lector habrá notado que no hablo de fútbol. Esa montonera de ciudadanos radicales, en vez de leer y sopesar las sentencias en su texto exacto, las emprenden contra las cortes, moviendo a la galería con consignas basadas en el odio y no en la razón, hasta el punto de emberracar a las masas para eliminarlas.
Esta actitud es apenas uno de los síntomas del llamado Estado de opinión. Se trata de enjalmar a la justicia independiente como un paso para anonadar el diálogo y el pluralismo. Vapulear al que es diferente por su origen, sus ideas, su color de piel o su identidad sexual. Apropiarse de la vocería del pueblo, y así dominar la comunidad poniéndola a orbitar alrededor del caudillo. Es armar una gobernanza con base en las barras bravas. En la intimidación y la persecución del contrario. Una pseudodemocracia basada en la asonada espiritual permanente. El verdadero mar de fondo es que, acaballado en las peores pasiones, el caudillo destruye el disenso y establece un sistema de gobernanza que rememora lo que ocurría a en las inmediaciones del siglo pasado.
Alguien tuiteó que la “derecha, por extrema que sea” no tiene nada que ver con el fascismo. Cuidado. La historia se mueve a veces como oruga y a veces como guepardo. Y también se devuelve. Esa derecha caudillista es más ladina ahora que antes, sin duda. Como dijo Estefanía, no reivindica “el fascismo clásico, pero es imposible entenderlos sin acudir al recuerdo de lo que esa doctrina significó”. Es la democracia iliberal.
La tenemos difícil porque tampoco es sencillo defender las dolencias actuales. La caída de la ley anticorrupción es grave. Más grave aún la bufonada puesta en escena para sacarle el bulto al adefesio. Pero el camino es continuar mejorando sin caer en el abismo de las turbulencias interesadas y los caudillos bonapartistas.
¿Exagero? Pues hay indicios serios. Cuando un alto embajador descalifica a Gaviria en la Rectoría de Los Andes porque no piensa como su partido, y es el mismo que propone electrocutar manifestantes e intervenir con milicias en Venezuela, al menos se requiere tarjeta amarilla.
En Colombia en vez de una república invivible basada en una orgía de hostilidad, necesitamos un VAR con urgencia.