Tal vez por estar entretenida la opinión en el recuento de votos y los accidentes electorales del uribismo, pasó desapercibido un verdadero revés de fondo para la política de seguridad de Uribe.
Y no vino de políticos, ni de analistas, sino de los propios militares, quienes abogaron por el reconocimiento de la existencia del conflicto armado. También lo dijo el presidente Santos, pero lo superlativo ahora es la voz de los cuarteles.
Cuando Uribe decía que no había conflicto, mucha gente replicaba con estadísticas. Uribe no negó la confrontación, sino su calificación jurídica. Para él, se trataba no de rebeldes, sino de delincuentes. Un problema más bien judicial que se presentaba en un entorno democrático pleno. A lo cual se agregaba la teoría del “fin del fin”. En ese ambiente, el argumento tenía su perrenque.
Pero la realidad ha mostrado que aunque la derrota de la guerrilla seguramente vendrá, entre tanto, los daños de la negación del conflicto, tanto en términos de política exterior, como en la situación legal de los militares, encerraban complicaciones importantes que terminarían (y en efecto terminaron) volviéndose como una especie de bumerán contra la fuerza pública.
El primer eslabón catalizador de la reacción militar fue la afirmación de Uribe de que la fuerza armada estaba desmoralizada. Declaración inoportuna porque a las pocas horas cayó Cano (esto ya es demasiada mala suerte). Lo cierto es que, movidos por esa aseveración, los militares fueron a la radio a desmentirlo.
Y ahí viene el meollo. En La FM, ante una pregunta de Vicky Dávila, el comandante del Ejército dijo que el reconocimiento del conflicto era necesario, porque sin él la aplicación de la normatividad ordinaria y de las reglas de derechos humanos producía seria vulnerabilidad jurídica para la fuerza pública. Eso de que después de cada ataque tengan que ir la Fiscalía a recoger muertos y abrir expedientes, genera incertidumbre para los militares. Situación distinta si se acepta la existencia del conflicto porque, entonces, los combates tienen una regulación diferente.
No es que el argumento sea nuevo. Pero lo que sí es nuevo es que fue pronunciado por el jefe del Ejército, lo que significa para Uribe una derrota política mayor. Más allá de los voticos por Petro en Engativá y de la derrota de Óscar Iván en Pensilvania (¡Ah del desagradecimiento colectivo!), lo que ahora ha surgido es que el estamento militar abandona las tesis centrales de su antiguo comandante en jefe.
Mientras tanto, el canciller ecuatoriano ha calificado a Uribe de desquiciado. Pertenezco a los colombianos que apoyamos la operación contra Reyes en territorio ecuatoriano impuesta por el estado de necesidad. Uribe actuó en función del interés supremo de Colombia. Correa no hubiera colaborado. Pero precisamente, la manera de continuar defendiendo ese ataque es la sombrilla del conflicto armado. Lo contrario es lo que hace el juez de Sucumbíos cuando se limita a decir que allí hubo homicidios y que él debe investigar. Una afirmación verdadera en apariencia, pero falsa si se mira en el contexto del conflicto.
¿Alguien hubiera podido predecir esta vuelta de tuerca proveniente precisamente de los cuarteles, que implica un abandono del corazón de las ideas de Uribe?