Creo que el nacionalismo exagerado es una enfermedad. El patrioterismo es la sublimación del provincianismo. Prefiero entenderme como un miembro de la comunidad humana. Pero tampoco hay que exagerar. Es necesario conservar un principio de autodeterminación. Los intereses nacionales existen y es necesario defenderlos.
A esto llego, después de recibir una llamada en la mañana del viernes de una cadena radial panameña. Como se ha conocido por la prensa, en un incidente armado en la zona de frontera con Panamá, fueron capturados por la policía de ese país algunos miembros de las Farc. A consecuencia de ello se ha conocido un comunicado en el que este grupo armado amenaza a Panamá si no son liberados. La reacción panameña ha sido bastante adversa a Colombia. El ex presidente Endara ha dicho que Panamá debe demandar a Colombia en las cortes internacionales, en vista de la que él llama "incapacidad" de nuestro gobierno de contener las fuerzas ilegales.
Hay todo un discurso semejante en el Ecuador. Y no sólo en boca del Gobierno. Muchos ecuatorianos consideran que Colombia se les ha convertido en una calamidad.
De Venezuela ni hablar.
Desde la perspectiva colombiana, es obvio que estas manifestaciones son un simple acto de negación de un problema que nos afecta a todos. Es la política del avestruz. La propia dinámica del conflicto ha ido desbordando las fronteras. A esto contribuye desde la geografía, las franjas selváticas en los confines de nuestro suelo y la dinámica transnacional del negocio del narcotráfico que sirve de sustento económico a las actividades de los grupos ilegales.
Aquí vemos claro que responsabilizar a las autoridades colombianas por los hechos de tales grupos no sólo es un contrasentido, sino que es una postura ineficaz que no contribuye a resolver el problema. La respuesta debería ser la de profundizar la colaboración.
Algo semejante ocurre con el secuestro. No se observa síndrome de Estocolmo en las declaraciones de los cuatro secuestrados recientemente liberados. Pero sí hay dos puntos en común: la creencia, aunque con matices, de que el origen del conflicto está en las llamadas "condiciones objetivas". La pobreza sería, a juicio de los liberados, el verdadero origen del problema. Y la segunda: una cierta queja frente al Gobierno por la suerte suya y la de los que han quedado en la selva.
Por lo pronto, este problema, que se concentra en el anhelo del intercambio humanitario, amenaza con hacer estragos en el frente interno y en el internacional.
En lo interno, veo cabalgando una profunda división de la sociedad. Cada vez se agudizan más las contradicciones entre quienes quieren una liberación inmediata mediante el despeje de Florida y Pradera y los que prefieren resistir a toda costa. Es un terrible dilema moral al que estamos sometidos los colombianos.
Y en lo externo, las consecuencias de esta situación sin salida es que la soberanía nacional está por los suelos. Estamos traspasados por Sarkozy y Chávez. Colombia pierde capacidad de acción.
Aunque las razones que ha tenido el Gobierno para negar el despeje tienen alguna validez, ha llegado el momento de poner en el otro platillo de la balanza no sólo la libertad y la supervivencia de los secuestrados sino también la necesidad de desatar el nudo antes de que Colombia pierda totalmente el control de los acontecimientos.