“El futuro de Colombia va a estar profunda y directamente relacionado con la capacidad que los colombianos tengamos de organizar la educación; la hija de la educación: la ciencia; y la hija de la ciencia: la tecnología”.
Con estas palabras Rodolfo Llinás, hace más de 22 años, asumió el reto, junto con otros nueve colombianos, de construir una carta de navegación para hacer de nuestro país una nación moderna, desarrollada, próspera y en paz. Lamentablemente, esta carta de navegación formulada por la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, o como la conocemos desde entonces, por la Misión de Sabios, cayó en el olvido y terminó “acumulando polvo en ilustres bibliotecas”. Frase premonitoria de Carlos Eduardo Vasco, otro de aquellos sabios de la Misión.
El 21 de julio de 1994, en la entrega al presidente Gaviria del primer gran informe de la Misión, Gabriel García Márquez dio a conocer el espíritu del documento, titulado Colombia: al filo de la oportunidad, al decir que «nuestra educación conformista y represiva parece concebida para que los niños se adapten por la fuerza a un país que no fue pensado para ellos, en lugar de poner el país al alcance de ellos para que lo transformen y engrandezcan». En ese acto, en nombre de los demás sabios, el Nobel también afirmó: «…creemos que las condiciones están dadas como nunca para el cambio social, y que la educación será su órgano maestro. Una educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma”.
En el campo de la ciencia y la tecnología, la Misión coincidió en afirmar que el país necesitaba multiplicar, al menos por cinco veces, la inversión, y que ésta debía ser iniciativa tanto de parte del gobierno como de los particulares. Los sabios propusieron, entre otras, una meta de un investigador por cada mil habitantes, para ser alcanzada en 10 años.
Es claro que las propuestas generadas por la Misión de Sabios no lograron ser ejecutadas y no cambiaron nuestra realidad social porque las metas ni siquiera se han alcanzado en más del doble del tiempo propuesto inicialmente. A lo sumo, logramos un abundante diagnóstico de nuestros problemas y la formulación de posibles soluciones. Lamentablemente, eso fue lo más relevante para destacar.
Hoy estamos, nuevamente, embarcados en la construcción de un sistema de educación que lleve a Colombia a ser el país más educado de Latinoamérica, a alcanzar la paz duradera y un desarrollo sostenible en el tiempo para las generaciones de colombianos que vendrán en las próximas décadas y siglos.
Enfocados en los retos de la educación superior de nuestro país, el Consejo Nacional de Educación Superior -CESU-, entregó al Presidente de la República, hace dos años, la propuesta de política pública sobre educación superior a 20 años. El documento denominado Acuerdo por lo superior 2034 define una hoja de ruta para la estructuración, desarrollo y fortalecimiento del sistema de educación superior colombiano. En su formulación transcurrieron dos años de permanentes discusiones y reflexiones alrededor de la esencia y retos del sistema.
La discusión en el CESU fue heterogénea, compleja y presentó enfoques diversos, pues los puntos de vista no son únicos y las divergencias, entendidas como la diversidad de opiniones o pareceres, siguen siendo validas y son el combustible para avanzar en la construcción del sistema de educación superior. Supongo que en la Misión de Sabios fue más fácil llegar a acuerdos en enfoques y propósitos
El documento Acuerdo por lo superior 2034, construido y publicado por el CESU, plantea las soluciones urgentes e indispensables que deberían ejecutarse para hacer de la educación superior el motor de desarrollo de una sociedad avanzada. Sin embargo, como pasó con el trabajo de la Misión de Sabios de 1994, las propuestas del CESU del año 2014 se están quedando sin influencia y alcance. Su utilidad es comparable con algunas tesis académicas que solo son usadas como fuente para otros documentos de su misma naturaleza.
Parece ser que tanto el informe de la Misión de Sabios como el Acuerdo 2034 del CESU, han sido valorados más como proyectos editoriales y no como propósitos nacionales; como si el trabajo adelantado, en ambos casos, sólo hubiera obedecido al interés y objetivo primordial de producir y publicar un documento más, que pueda ser citado en una cadena de bibliografía cada vez más larga.
De continuar así, el trabajo periódico y cíclico de cada 20 años deberá producir en el año 2034 un nuevo documento de otros autores (todos distintos), para plantear las metas de educación superior de Colombia en 2054, que recoja las propuestas de la Misión de Sabios que hubieran debido hacerse realidad medio siglo antes.
*Rector de la Universidad Nacional de Colombia.