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Reforma universitaria ejemplar

29 de julio de 2016 - 09:42 p. m.

Las reformas académicas exitosas en las universidades son procesos que demandan una buena cantidad de tiempo y una amplia participación de la comunidad académica.

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Una adecuada estructura académica trae como consecuencia excelentes resultados que se convierten en indicadores positivos que dan cuenta de la capacidad de las instituciones para darse sus propias reglas en el marco de la autonomía universitaria.
Semejantes a la constitución política de cualquier país, los estatutos rigen y organizan el quehacer de las universidades, son su carta de navegación; y de su cumplimiento, más que de su rigidez, depende también la buena marcha de las instituciones. Es por esto que cualquier reforma académica o administrativa debe considerar, ante todo, los límites que le imponen sus propios estatutos. Sin embargo, hay momentos en los que es inminente la necesidad de llevar a cabo grandes cambios institucionales. Hay reformas inaplazables y, esencialmente, algunas no pueden realizarse bajo una simple enmienda de un reglamento.

Tal situación vivió la Universidad Nacional hace ya cerca de diez años, cuando se inició el debate en torno a su última reforma académica, implementada en el año 2009. La reforma que debió llevarse a cabo era de tal magnitud, que no podía correrse el riesgo de fracasar por alguna de las dos causas principales por las que comúnmente no tienen éxito este tipo de cambios en las universidades: por falta de participación, difusión, socialización y discusión o por la limitación que imponen las propias normas.

La reforma académica impulsada por Antanas Mockus en 1992 fue sólo parcialmente exitosa pues quince años después sobrevivían únicamente los cursos comunes de contexto y cierta flexibilidad curricular, pero sin el cuerpo que debería haber acompañado el espíritu general de dicha reforma.

Al profesor Mockus se le oyó decir que su reforma careció de un estatuto estudiantil que facilitara su implementación. Con esta respetable apreciación, durante los años 2007 y 2008 se llevó a cabo en la Universidad Nacional una amplia discusión tendiente a modernizar y actualizar su estatuto estudiantil. Una tarea que no puede calificarse, de modo alguno, como fácil.

Para entonces, el estatuto vigente tenía más de 30 años, había sido aprobado en una época en la que los estudios de posgrado en el país apenas empezaban a ofrecerse tímidamente y era tal el número de modificaciones incorporadas, que se convirtió en una lista de excepciones inmanejables por las autoridades académicas o los cuerpos colegiados, afectando la calidad académica exigible a los nuevos profesionales que estábamos formando.

Con una propuesta original y muy audaz, se logró plasmar en un acuerdo la decisión de ofrecer planes de estudios en créditos y programas de formación flexibles, con oportunidades para una doble titulación y una efectiva articulación entre los estudios de pregrado y posgrado.

No pretendo exponer todas las novedades de aquella reforma, pero sí destacar un par de aspectos de gran importancia. Primero, desde la admisión a la Universidad se identifican las debilidades más comunes del aspirante, que suelen presentarse en lectoescritura, matemáticas y el dominio del inglés, y de ser necesario se realiza una nivelación para reducir la deserción en los primeros semestres por estas causas.

Además se introdujo en el estatuto estudiantil la figura de un cupo de créditos para regular la permanencia de los estudiantes. Consiste en un mecanismo mediante el cual cada estudiante, al ingresar a la Universidad, recibe un número de créditos para inscripción de asignaturas, suficiente para cubrir todas las exigidas en su plan de estudios. Si su rendimiento académico es satisfactorio, el estudiante recibe unos créditos adicionales. Normalmente, un estudiante recibe en total un cupo de créditos suficiente para cursar una carrera y media. Pero las reglas establecen que cada vez que se registra una asignatura, se descuenta de su cupo el número de créditos correspondiente a esa asignatura, de tal manera que en caso de reprobar, debe hacer uso de otros créditos para poder repetir.

El cupo va disminuyendo a medida que el estudiante avanza en los estudios y si repite muchas asignaturas, es posible que no le alcance el cupo restante para poder cumplir al final con todos los requisitos, en cuyo caso queda en retiro (por fuera de la Universidad). Pero, por el contrario, si por su buen desempeño sólo utilizó los créditos obligatorios, tiene un excedente de créditos que puede ser usado de múltiples formas: bien sea para cursar asignaturas adicionales de su interés, aún en áreas distintas, para realizar doble titulación con una carrera afín en la que una parte de lo aprobado de la primera carrera le sea reconocida o puede reservarlos para avanzar en un programa de posgrado.

Estas reglas y otras paralelas establecen actualmente unas condiciones que privilegian principalmente el buen rendimiento académico. Los estudiantes disponen de un capital académico para su formación y lo pueden administrar con autonomía, de acuerdo con sus capacidades e intereses, imponiéndose su propio ritmo, pero asumiendo gran responsabilidad.

Desde la dirección de la Universidad Nacional velamos porque estas reglas, contenidas en nuestros estatutos, se respeten de tal manera que los recursos para la educación superior pública sean óptimamente usados, porque la Universidad Nacional es patrimonio de todos los colombianos.

* Rector, Universidad Nacional de Colombia
@MantillaIgnacio

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