Esta semana tuvo lugar una significativa reunión para hacer oficial la declaración de un grupo de ciudadanos que quieren la paz. Este anhelo es la principal motivación para que a tal iniciativa se le llame: La Paz Querida.
El evento fue una indudable demostración del éxito que tuvo la convocatoria inicial, realizada por el General Henry Medina Uribe, quien logró agrupar a 42 colombianos ejemplares, comprometidos con los intereses superiores de la nación, de diferentes vertientes políticas y de distintas profesiones que nos muestran cómo en la diversidad y la diferencia se encuentra nuestra mayor fortaleza.
El espíritu y la declaración de La Paz Querida me motiva a hacer mi propia reflexión: somos una nación de mezclas ricas y poderosas, con una cultura que son muchas a la vez, un país de regiones que sienten distinto. Desde nuestros orígenes como nación nos hemos erigido sobre la diversidad y aunque las diferencias y desencuentros, frecuentemente se presentan entre nosotros, son estas divergencias las que nos obligan a construir ambientes de convivencia que valoren la diversidad de pensamientos, intereses y preferencias.
Nuestras discrepancias deben ser motores de desarrollo y no excusas para derrumbar o destruir. Los conflictos no terminarán con la firma de un acuerdo. Lo que se pretende ahora es que éstos no se solucionen a través de las armas y la violencia, sino mediante el diálogo. Lo otro, ha traído por varias décadas consecuencias nefastas para la dignidad humana, el desarrollo ambientalmente sostenible y la democracia.
¿Cómo lograremos salir de este círculo oscuro de desconfianza, violencia y pugnacidad? Mi labor como profesor me ha mostrado que la educación tiene la clave para que en los corazones y mentes de los niños y jóvenes crezca la comprensión mutua, la valoración de la diferencia y el anhelo fuerte de una convivencia en paz. He visto en los ojos de los jóvenes estudiantes ese brillo deslumbrante que causa un corazón que palpita con el trabajo en grupo, más poderoso que cualquier esfuerzo individual. En los salones de clase he visto cómo la paz y la convivencia florecen a diario, pues los intereses allí siempre están impregnados por el saber y la felicidad de compartirlo con los demás.
Estoy convencido de que educar con calidad es educar para la paz. Es ir más allá de cubrir contenidos y generar capacidades cognitivas. Educar para la paz es preparar personas para que logren su equilibrio como profesionales y ciudadanos que conformarán las familias futuras en una adecuada integración social. Educar para la paz es, ante todo, abrir las mentes, pues como lo decía A. Einstein: “la mente es como un paracaídas. Sólo funciona si la tenemos abierta”.
El grupo La Paz Querida es consciente de que una sociedad ética es una sociedad ampliamente educada, una sociedad donde hombres y mujeres ejercen un profundo sentido humanista de confianza en los demás y de compromiso con los objetivos de la sociedad. Hoy, un objetivo común es la construcción de una paz duradera, pero ésta solo será sostenible si ponemos a la educación de nuestras próximas generaciones en el centro de todo proyecto social. Una educación con fundamentos éticos y humanistas, una educación de calidad que se extienda por todos los rincones de Colombia, que toque las mentes y corazones de los estudiantes para que su visión de la realidad les permita tener una vida próspera y comprometida con los demás desde cada oficio, cada profesión y cada disciplina.
Como lo asume el grupo de ciudadanos que conforman La Paz Querida, el ejemplo, es más que nunca, una importante herramienta para la educación. Nuestro quehacer, nuestro desempeño diario, en el trabajo, en la comunidad, en el hogar, debe estar guiado fundamentalmente por principios éticos irrenunciables que construyan paso a paso una cultura de la paz. Sin ética no hay confianza entre nosotros, sin confianza los conflictos que siempre se presentarán no tendrán los caminos de la solución querida.
Decía Orlando Fals Borda, recordado profesor de la Universidad Nacional: “La historia de Colombia es la historia de la postergación indefinida de cambios necesarios, tanto en las instituciones estatales y en las estructuras sociales, como en la conducta de los actores”.
Estoy convencido de que estos cambios tan postergados solo serán posibles si la educación de calidad, ética y humanista se convierte en prioridad para el Estado y para cada una de las generaciones futuras. Necesitamos llevar a cabo, de manera urgente, una transformación social a partir de la educación, para erradicar definitivamente el fratricidio.
Parece contradictorio, pero para construir la paz primero hay que conseguirla en plural, es decir, hay que hacer las paces.
Recordemos lo dicho por uno de los más importantes científicos y académicos de nuestro país: Rodolfo Llinás, quien hace 21 años, asumió el reto, junto con otros nueve colombianos (entre ellos Gabriel García Márquez), de elaborar una carta de navegación para hacer de nuestro país una nación moderna, desarrollada, prospera y en paz: “El futuro de Colombia va a estar profunda y directamente relacionado con la capacidad que los colombianos tengamos de organizar la educación; la hija de la educación: la ciencia; y la hija de la ciencia: la tecnología”.
La Universidad Nacional, patrimonio de todos los colombianos, está comprometida con este gran objetivo de la educación de calidad. Además, por su carácter nacional, trayectoria, objetividad y transparencia está llamada a ser la veedora de los acuerdos de paz. Estaremos atentos a su cumplimiento.
Ofrecemos el mejor y más emblemático lugar para firmar los acuerdos definitivos de paz entre el gobierno nacional y la guerrilla de las FARC: el Auditorio León De Greiff de la Universidad Nacional.
Yo me sumo a La Paz Querida
* Rector, Universidad Nacional de Colombia
@MantillaIgnacio