—No toques a los alumnos, y menos en la “zona del bikini”—, me dijo en su mejor acento londinense hace décadas una de mis entrenadoras para ser instructor de yoga. Yo no entendí al principio: “vengo de un país”, le expliqué, “en donde si uno no se toca o no se abraza no queda saludado”. Y añadí el chiste bogotano: lo más que se hace para demostrar que hay cierto alejamiento es bajar el número de palmadas en la espalda, de cuatro a dos. Ella entendió menos. Pero quedé preocupado porque ya se avistaba la tendencia en el primer mundo de minimizar el contacto físico entre humanos. Estaban creando civilizaciones miserables: soledad, privación emocional y, desde luego, sustitutos de drogas y de alcohol sin precedentes.
Hoy por hoy, en lugares como Estados Unidos o Inglaterra, la hipervigilancia hacia la caricia y el contacto es tan aguda que se ha demonizado hasta la histeria: las profesoras y profesores ya no pueden demostrarle cariño a sus estudiantes, aún a los impúberes; los médicos interponen el estetoscopio entre su mano y el cuerpo del paciente y se quedan sin saber si hay frío o hay calor; y hasta los mismos padres, ya porque trabajen, ya porque sus patrones culturales interfieren, acarician cada vez menos a sus crías, echando por la borda millones de años de evolución en la que el contacto físico ha sido fuente de salud individual y de cohesión social.
Este es el círculo vicioso en el que una sociedad competitiva e individualista, sin familia extensa y con una concepción cerrada del núcleo familiar, produce privación de caricias por fuera de la intimidad; y los solitarios por exclusión o escogencia quedan por añadidura en el desierto. Y ya aparecen lo que para un latino todavía es una aberración: “Abrazadores” profesionales, neutros y a sueldo que tienen un “menú de caricias” por tus dólares. ¡Qué civilización tan triste es esa que tiene que pagar por un abrazo! Y como aquí estamos a la moda, no demorarán las juntas de padres de familia en acusar a la profe de manualidades de estar “toqueteando” a sus alumnos cuando hacen un monigote en plastilina.
Lo cierto es que “la ciencia” ya pone en el papel lo que el alma sabía: hay terminaciones nerviosas llamadas C aferente táctil, que requieren una lenta cadencia en la caricia. Una caricia o un abrazo “producen oxitocina, lo que disminuye el ritmo cardíaco, baja la presión arterial, causa placer y sensación de aceptación y pertenencia, libera cortisol, aumenta la respuesta inmunológica…” y, sobre todo, nos hace más humanos.
Uno de los choques culturales más violentos que sufre un colombiano o colombiana en país “civilizado” es cuando, por instinto y porque somos efusivos, le tocamos un brazo al extranjero y reaccionan haciendo un aspaviento, como si fuéramos abusadores o busconas. Hay que defender la cultura del abrazo, desde luego sin llegar a sobreactuarnos; hay unas ciertas tendencias algo frívolas que pueden llegar a ser empalagosas, como en el cuento de Juanito, que era tan, pero tan cariñoso, que mató un marranito a besos.