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De la histeria colectiva a la historia colectiva

14 de julio de 2014 - 11:19 p. m.

Y raspando fiesta… como les ha sucedido a muchos compatriotas, yo jamás me había entusiasmado con el fútbol, pero la llegada de la selección a los cuartos de final del Mundial nos convirtió a todos en hinchas por la fuerza. La fuerza de la cohesión del equipo, la fuerza de la alegría real de nuestra idiosincrasia en construcción, la fuerza de la humildad, la fuerza de la tolerancia, nos tuvo brincando del asiento para sacar desde las entrañas el grito atragantado cuando la pelota se acercaba de manera peligrosa a nuestra portería o a la del adversario. No recuerdo que el fútbol en Colombia hubiera sido jamás un símbolo tan edificante y poderoso y un factor de tanto alivio, esperanza y sensación de pertenencia. Todo un hito.

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Cuando vi que mi cuerpo se levantaba solo de la silla para vociferarle “¡fuerza!” al genio Ospina, cuando me oí diciendo palabrotas que rara vez pronuncio en público —a pesar de que mi hermana blandía como una espada furibunda la estatua de la Virgen a la que le hizo promesas si ganábamos— y cuando me sentí llorando con los goles divinos de Sir James, comprendí que mis células, hechas de barro patrio, necesitaban con urgencia la emoción de sentirme colombiano, hermano de esos pelaos negros y blancos, indios y mestizos que florecen en este territorio, y que esa emoción era una gracia, un llamado a creer en los demás, una irrevocable recuperación de la confianza en nuestro pueblo.

Si de eso se trata el «pan y circo», que nos den más de lo mismo. Sí: el Gobierno aprovechó con maña la anestesia y la euforia para subir la gasolina. Sí: hubo desmanes y violencia entre las barras. Pero también hubo una elevación sin precedentes del espíritu nacional que nos llevó a pensar que las lágrimas de alegría y sana emoción eran de una calidad nueva, comparadas con las lágrimas de sangre de una nación hecha añicos por la guerra. Y esa comparación queda impresa en el alma de manera indeleble y nos impulsa con la misma energía hacia la copa de oro de la paz, aunque los adversarios sean cochinos, aunque los enemigos nos muerdan en el hombro, aunque la realidad nos dé patadas y nos cobre faltas.

La pedagogía sabia del memorable Pékerman señala que tenemos el derecho a perdonar los autogoles y el deber de sonreír sin rencor al que nos ha tumbado, o levantar al que le hicimos zancadilla en el partido.

Ha sido fundamental aprender que las diferencias se pueden arreglar deportivamente pues en el fondo todos estamos en el mismo juego. Si lográramos aplicar las virtudes de la selección a la vida cotidiana individual y nacional, si aprendiéramos de los cracks cuando piensan que el otro es quien merece meter el gol y le hiciéramos un pase generoso; si nos alegráramos con las victorias ajenas y aceptáramos la derrota con agradecimiento y nobleza; si consiguiéramos “confiar en el otro lo suficiente para entregar el ‘yo’ por un nosotros” lograremos de verdad ser grandes.

 

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