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Del antiguo arte de cuidar las cosas y repararlas

27 de julio de 2015 - 10:23 p. m.

La corona está hecha de 400 plumas de loro y papagayo de todos los colores. Cada orificio que las acoge en la diadema y cada unión al cordel que las sostiene, de manera que una vez ensambladas formen una cascada iridiscente, deben ser perfectos; así hay que mantenerlos.

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Esta maravilla hecha de paciencia y cuidado ya ha perdurado un siglo y tres generaciones de chamanes. Ni una sola de las plumas principales ha perdido la punta de su cálamo; no hay un solo raquis estropeado. Es una muestra del hermoso arte de cuidar las cosas y repararlas con primor, un arte que se pierde fatalmente.

Comienza a escasear en Colombia lo que ya ha desaparecido en el mundo industrializado: el zapatero que remontaba las suelas y ponía tacones, la costurera que cambiaba los puños y volteaba los cuellos de la camisa fina, el soldador que restauraba la quincallería. No hace mucho se cuidaban con pasión los objetos de cuero o de madera (por mencionar apenas dos materiales nobles y abundantes) dedicándoles tiempo y sacándoles gusto. Hoy día para tales tareas se destina poco tiempo por cuenta de las cronófagas pantallas y el patrón de consumo en esta cultura del desecho. ¿Quién que presuma de elegante se pone un zapato remendado? ¿Quién arreglaría, como he visto en Calcuta, una chancleta plástica con aguja de arria calentada, zurcida a mano? Y entre más «desarrollada» la cultura, menos lugar hay para el cuidado y la reparación de los objetos. Una lástima, porque los colombianos somos hábiles en eso de arreglar, por ejemplo, bicicletas o celulares que en Cincinnati estarían en el relleno sanitario. Es sabido que hay sitios en donde cuesta más componer un televisor o una nevera que reemplazarlos, pero no solamente porque las tarifas sean costosas, que no sería el caso de, digamos, el Xiulixiuli —como se llama en China al todero remendón—, sino porque hay una mentalidad amaestrada para quererlo todo nuevo, perecedero, de moda. Artefactos desechables, amigos desechables, planeta desechable, con una vida útil nimia y ya sin garantía.

Esta ansia por lo nuevo es un embeleco de la humanidad que quiere «progresar» en dirección desconocida. Ciertamente no ayuda la llamada obsolescencia programada. Así nos ahogamos en un mar de artículos de consumo que, por pretender ser competitivos, o por pura mala leche, están fabricados para durar apenas un cierto número de horas. Esta dinámica y esta mentalidad no solamente aumentan los desechos sino que nos roban virtudes de la especie: la capacidad de reparar, de cuidar con esmero lo adquirido, y de apreciar agradecidos —no necesariamente con apego— los bienes materiales que nos tocan en suerte.

Queda la esperanza de que un inédito estilo de vida se vaya imponiendo poco a poco a medida que las nuevas generaciones comprendan el desastre. Ya se habla de la Simplicidad Voluntaria o de la Abundancia Frugal como unas nuevas forma de enfrentarse a los objetos en un planeta cuyos recursos tienen límite. En un país que busca la paz, la filosofía de la reparación debería ser un imperativo moral. Hay un bello ejemplo de restauración en la cultura japonesa: el Kintsugi, en el que las vasijas rotas se restañan con laca y oro para que brillen las fisuras, embellecidas como parte de la historia y no como algo que se oculta. Un bonito símil.

 

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