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El complemento de la paz política

10 de septiembre de 2012 - 05:45 p. m.

«Yo tengo fe en este diálogo, que podría culminar en la paz. A mi papá lo mataron las Farc en la finca de Tuluá hace diez años y desde entonces he intentado vengarme como sea. Pero me di cuenta de que por el lado del rencor no saco nada. Hay que acabar como sea con este círculo loco, con este hueco de mierda».

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Las palabras las dice un colombiano que, tras oír con atención los discursos del Gobierno y de las Farc, siente que hay esperanzas de reconciliación. Entiende por fin que detrás de la inevitable fachada de los contendores, hay voluntad real de alcanzar una tregua y trabajar por un propósito nacional que nos cobije a todos.

Y no se puede hablar de paz en la nación sin hacer un esfuerzo cotidiano por empezar a respetarnos en los actos sencillos de la vida diaria. La paz no es sólo un asunto entre el Gobierno y la guerrilla. En tiempos como estos es una obligación humana y un deber ciudadano procurar que las acciones y las palabras no provoquen una cadena perpetua de agresiones y de eternas retaliaciones. El clima entre los miembros de la familia debe mejorar consciente y voluntariamente, la actitud ante el vecino debe ser tolerante, los medios de comunicación están moralmente obligados a promover la concordia y ser mediadores fundamentales de un clamor que se da afuera de las mesas de conversación. Los medios deberían incluso emprender campañas de paz en todos los niveles de la sociedad, urbana y rural.

La dinámica social de la paz se compone de muchos frentes. Un comienzo sencillo es la construcción del entendimiento entre compatriotas. Tenemos que aprender a escuchar al otro sin interrumpir, sean las Farc, el Gobierno o el vecino. Hay que controlar el ego colombiano que siempre musita: «yo no me dejo joder de nadie». Hay que escuchar lo que dice el otro y respetarlo. Toda reacción acalorada o agresiva, incluso como respuesta a una agresión, perpetúa la violencia. Quizás la política no suele hacerse con el corazón y las cosas no funcionan del todo así. Pero la política la hacemos todos; como individuos podemos regirnos por el concepto cristiano de «poner la otra mejilla» o el principio de «no reacciones» propio del budismo. Esas no son posturas cobardes, sino sabias y astutas para lograr constituir la paz de la comunidad y del propio espíritu. Es difícil para una sociedad resentida comprender los consejos de un conocedor de hombres como Sivananda: «Ajústate, acomódate a la situación, soporta las injurias y el insulto, pues ello es para ti la mejor disciplina». Ciertamente es un trabajo difícil, pero es lo que demanda el aire de los tiempos, a todos los niveles, sin excepción alguna, incluyendo a las Farc. ¿O es que la paz debe seguir encerrándose en símbolos vacíos y retóricos, en palomas y olivos?

Siempre estarán los mezquinos o los que le sacan dividendos a la guerra. Eso no es novedad. Pero la historia se encarga de ponerlos en su sitio: su vida personal suele ser triste y la muerte los sorprende con vanos estertores.

 

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