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Incólumne

21 de mayo de 2012 - 06:00 p. m.

SANTIAGO DE CHILE Mi estimado editor: Permítame explicarle por qué en esta quincena no puedo escribir una columna.

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Como usted calcula, para poder tener algo listo para el martes, la mente comienza sus planes de escritura alrededor del jueves anterior.

Primero se presenta el desfile de temas en la mente y comienzan las preguntas: ¿Qué tal escribir, por ejemplo, sobre los carros viejos que se tragan los ahorros de los pobres en arreglar el mofler, el chiflay, el sapo de la barra, el táimer, los empaques del rilay y las conexiones vetustas del soporte del bloque? No. Demasiado prosaico. ¿Escribir entonces sobre el porqué nadie cumple su palabra, sobre lo banal que se ha vuelto hacer una promesa, sobre el deterioro del lenguaje que nos tiene hablando en monosílabos como marik uón y super mal, me entiende? No. Requeriría incluir una investigación sobre el lenguaje, sobre la Palabra de Dios, sobre los mantras o palabras de poder y, con el viaje encima, ya no hay tiempo. ¡Ah! Ya sé… escribir sobre el significado de las flores, esa pequeña ciencia del romántico criollo que conocía el lenguaje de rosas y azahares, de claveles y lirios para decirle bellezas a la amada. Lindo tema, sin duda, pero cursi. Y así se van las horas.

Pues se me llegó el viernes y tuve que tomar un avión para Santiago. Tenía mucha esperanza de que entre las tres horas de espera en El Dorado y las cinco del vuelo entre Colombia y Chile, la columna cuajara para poder sentarme de un tirón el sábado. Pero las salas de nuestro aeropuerto están invadidas por la peor televisión del mundo, con parlantes a volúmenes atroces. Los niños de la pareja autista que se me sentó al lado, uno apenas gateando y otro ensayando sus primeros pasos, se fascinaron misteriosamente con mis piernas y las usaron de túnel, de muleta, de poste para miar, de coloso de Rodas para pasar sus barcos por el medio. Y como cometí el error de sonreírles al principio del juego, les pareció normal y divertido amarrarme y desamarrarme los zapatos. Los padres estaban ocupados; ella se veía absorta con un enorme paquete de crispetas que masticaba con toda parsimonia, y él con un libro de autoayuda del que no despegaba los ojos ni con los alaridos nerviosos de sus hijos cuando reptaban felices por el tapete sucio y por entre mis piernas. Perdí pues este tiempo. Después vino el avión y cinco horas de horrible turbulencia que ni siquiera permitió la cena, o el consuelo del vino, y el cerebro en esa coctelera monstruosa del Airbus, no pudo producir ninguna idea.

Ayer era el momento de escribir, una vez que pasara la fatiga del aire reciclado del avión y el dolor de los ojos de ese vuelo nocturno que fue insomne. Una vez más, el cosmos conspiraba y no había internet en el hotel, mi portátil se trabó con la actualización de Windows 7 que me hacía “finalizar el programa ahora” o “cancelar” y con las dos opciones me cerraba Word office sin remedio, y la primera frase genial de la columna se borraba del programa sin dejar un rastro. Así que me disculpa, y le prometo que la próxima quincena produzco algo brillante.

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