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La estrepitosa llegada de la luz

04 de abril de 2016 - 03:20 p. m.

Los visitantes guindamos las hamacas en la maloca escueta de los huéspedes.

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Después de viajar por avión y por tierra largas horas, habíamos arribado al borde del resguardo, donde nos esperaba el potrillo de madera para cruzar el río, caudaloso hasta la dicha en contraste con el triste verano nacional. Tres mujeres y dos hombres citadinos, amigos de la casa, acostumbrados a la hospitalidad sencilla del indígena, llegamos con la intención de visitar a los amigos y a bautizar a uno de los nietos del Curaca como habían prometido los padrinos hacía meses cediendo a los ruegos del anciano. Los nuevos compadres de este lado esperaban en el patio con sonrisa silenciosa a que desempacáramos morrales para ofrecernos el guarapo con gesto socarrón y chacotero.

La finca, La Isla, había permanecido desconectada de toda civilización eléctrica desde el origen de los tiempos a pesar de la omnipresente interconexión del suelo patrio; y como la guerrilla hacía años había tumbado la antena más cercana, que nunca repararon, ese aislamiento incluía también el celular. Y el abuelo se contentaba de que así fueran las cosas pues estaba bregando a preservar y transmitir a duras penas las tradiciones ya exiguas y delicadas de su etnia, luchando todavía contra el viento del progreso blanco y la marea de la cultura de la coca, que habían penetrado en el resguardo como las antiguas pestes de la viruela y de la sífilis. Los recién llegados —venidos del otro extremo del espectro— disfrutábamos entonces de la ausencia total de electrosmog, de la desintoxicación digital forzosa y bienvenida y del silencio bullicioso de la selva secundaria. Hasta ahora. Pero había novedades: en la cocina del piso alto del palafito, en las habitaciones de tablones y zinc de los miembros de “la tribu”, y en la maloca de los huéspedes, había tomacorrientes y bombillos, y una sutil telaraña de cables recién puestos se veía flotar entre las distintas casas alrededor del patio. En el techo de la habitación de los mayores, relucían varios paneles solares que alimentaban un par de baterías agazapadas en el soberado.

El bautismo programado para el domingo en la mañana se ahogó en un aguacero torrencial y fue salvado el lunes por la buena voluntad del cura, un campesino pastuso, apóstol de botas pantaneras y alma limpia que se dio maña de caminar sobre las aguas. Hubo una ceremonia de agua y crisma y luz divina, con los llantos cristianos de Falkao Chindoy, el bautizando, globitos tricolor adornando la casa y el altar, torta cubierta de un fucsia sospechoso en platos de icopor y —desde luego— sancocho de gallina. Había guarapo, pero a los muchachos, el padre de Falkao y sus cuñados, raspachines de oficio, les quedó faltando su dosis de licor de blancos. Hacia la tarde noche se fueron para “el pueblo”. Los visitantes nos envolvimos entre las hamacas como gusanos gozándose el capullo y por orden del abuelo trancamos las puertas con listones. Las mujeres estaban aprensivas. Los coros de las ranas y chicharras mecían en el silencio olas armónicas, hasta que detonó aquel ruido infernal: la licuadora. ¿Una licuadora? El electrodoméstico más ruidoso inventado por el hombre. Eran las nueve y media de la noche y en la mañana partiríamos temprano. Nos quedamos helados, pero aún nos faltaba lo que pasó a las 11. Llegaron los borrachos, encendieron los paneles, conectaron un equipo de sonido de poderes solares y pusieron a volumen de big bang los narcocorridos nacionales más viles y ruidosos, hasta las cuatro de la madrugada. A las cinco y media abandonamos La Isla en un potrillo lleno de ranas y cigarras emigrantes.

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