Existe la palabra que sale de la lengua. Apresurada, mal cernida por el ego, es viento inútil que ni atiza la candela ni refresca.
También está la palabra que surge del corazón, más compasiva y cuidadosa con el otro, más genuina y con un enorme poder de edificar. Y la hay más profunda, la que se forja en el alma y es reflejo inspirado de nuestro punto de contacto con lo sacro. Quien accede a ella tiene claro su destino.
Muchos de nuestros indígenas todavía se reúnen en los círculos de palabra. El ambil y la coca, en su condición de plantas sagradas, son aliadas del proceso de hablar desde el espíritu. El ambil suaviza; la coca entumece la lengua para obligar a la palabra a salir del corazón. La palabra de todos se respeta. Jamás se rapa o se interrumpe. Se pronuncia con una solemnidad ridícula a los ojos de un “civilizado”. De la boca de un participante de ese círculo salen palabras vigorosas, claras, pedagógicas y ciertas. Pueden tener una eficacia poética inaudita que apela a lo más hondo. Esta palabra lenta y justa construye los nexos comunitarios, ayuda a enderezar a los torcidos, resuelve los problemas, incrementa el respeto y el amor por los hermanos. La función del palabrero, que subsiste por ejemplo entre nuestros indígenas wayuu, es por ello sagrada.
Los más perfeccionados de los seres afirman que cuando habla un hombre usualmente silencioso y que ha enunciado siempre palabras verdaderas, su pronunciamiento es profecía. Se adelanta al evento o lo crea con el poder de lo que dice. Tanto es así que en varias lenguas se profetiza en tiempo pretérito.
La energía de la palabra madura y toma brío en los pozos serenos del silencio.
Los japoneses, al menos en su literatura clásica, se especializan en unir palabra y honor. Una palabra pronunciada es compromiso y para cumplirlo va la vida en ello. El pundonor de un samurái es su valor supremo porque al empeñar su palabra el alma es su garante. La palabra y el honor que hoy funcionan a nivel comunitario y corporativo en esa cultura, así como sus ejemplos de solidaridad entre congéneres, son parte de lo mismo. Tan distinto de la palabra del gerente, el funcionario público o el político locales que trafican con ella como quien ha pignorado un artefacto en una compraventa de su barrio.
Ahora la palabra es flatus vocis. Hablamos primero y después pensamos. El habla apresurada de la calle, la glosolalia psicópata y espuria de los medios, el incumplimiento de la palabra dada a la ligera son moneda corriente. No se equivocaba Confucio al recordarnos que cuando las palabras pierden su significado la gente pierde su libertad. Somos prisioneros de palabras engañosas y superfluas. Éstas sólo les sirven a los astutos —por un rato, pues se devuelven en su contra tarde o temprano— que detentan los poderes, pues crean con ellas la confusión en la que reinan.