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La tienda de la esquina

10 de febrero de 2014 - 11:00 p. m.

Una de las dichas de no vivir en los suburbios es la tienda de la esquina.

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Si los sonámbulos del sueño americano necesitan con urgencia una caja de cerillas, una aspirina y un tubo de dentífrico, deben sacar el carro y conducir hasta el supermercado más cercano, en todo caso a millas de distancia. Seguro está cerrado. Pero si en Barranquilla uno se da cuenta a las seis de la mañana de que se le olvidó comprar el café del desayuno, no alcanza ni a ponerse de mal genio con el síndrome de abstinencia mañanero. A los cinco minutos de llamar al tendero de la esquina, un pelao aparece en la puerta con la dosis personal de cafeína, tres naranjas, un huevo, el bonbonbum del día y una prestobarba. Ni en el Ritz es más eficiente ese room service.

La tienda de la esquina varía poco en todo el territorio. Debe tener una respetable pátina de mugre, un calendario desvaído y un aroma a detergente con banano (eso último en el caso de que carezca de orinal). Los anaqueles deben ser tan altos como los muros y muy atiborrados con papel higiénico, botellas, tarros de leche en polvo o kola granulada y toallas sanitarias. El mostrador suele ser una enfriadora transparente encima de la cual, amontonadas —parapetando a la registradora y al vecino— hay dos o tres vitrinas con dulces, chicles, mecato y salchichón.

Ahora bien, si el espacio de la tienda es generoso, es aceptable que haya una nevera de Cocacola o Postobón de «uso exclusivo», pero allí deben caber el kumis, las salchichas y las frutas. Obstruyendo la entrada puede tener también el congelador de las paletas y la mesa de los borrachos cerveceros en la acera.

Si la aparente tienda vende hilos o botones, cuadernos argollados y juguetes de pilas, se equivocó de sitio: usted está más bien en una miscelánea o variedades. Si se ve muy bien puesta y demasiado aseada, vende vinos chilenos (no se fíe de los muy añejos; estarán seguro avinagrados) o granola y la registradora tiene pistola de código de barras, se equivocó de nuevo: este estrato se llama «mini-market» o tal y cual «express». Son hijas putativas de las grandes superficies y repiten sus mañas: envolturas de plástico, icopor sin reatos y frutas enceradas.

A la tienda del barrio, aquí en tierra caliente, es posible acercarse en camiseta de esqueleto y en chancletas. La vecina que alimenta las noticias de la cuadra en ese punto estratégico de encuentro tampoco tiene empacho en llegar en camisola y enrulada. Además, es muy útil enterarse de datos como a quién se le trataron de entrar esta semana los ladrones o el cambio en el horario de la misa en la parroquia.

La tienda de mi esquina no tiene ni letrero. Hoy sí fía, aunque la estampa Molinari colgada al lado del papel matamoscas diga que mañana. Vende más que al detal desde un centímetro cúbico de aceite para el huevo frito hasta un atado de doscientos pesos de cebolla junca, pastillas de cacao por unidad y pielrojas sueltos; es decir, el líchigo. ¿Cómo más se obtendría el pan de cada día, a domicilio?

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