El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Las pestes crónicas

26 de enero de 2015 - 11:00 p. m.

—No sé… —dice doña Zilda pasando revista a las aves del patio— … las gallinas están como apestadas, y nosotros vamos pa’ lo mismo.

PUBLICIDAD

Ciertamente las culecas están bastante erráticas, los pollitos se caen al caminar y los dos gallos cantan por turnos para no fatigarse. En esta pequeña comunidad campesina que hasta hace una generación era de indígenas, la peste principal son los cultivos de coca. El drama va para largo.

En este momento asoma por la puerta de la cocina Isidro, el hijo menor, 20 recién cumplidos, con la bomba fumigadora a las espaldas, penetrada la piel de furadán, sin guantes y sin máscara. Va derecho a robarse una yuca cocinada de la olla. Sus hermanos mayores lo metieron al negocio de sembrar la coca. A pesar de no ver prosperidad alguna, continúa la fantasía de un futuro “moderno”. Han dejado de sembrar comida, han invertido algo de las ganancias en máquinas para guadañar y fumigar y han dejado el resto de los pocos pesos que circulan por la zona en los bolsillos del paisa de la taberna.

Aquí el papel de la guerrilla es paradójico: por un lado, sólo se les puede vender la hoja a estos muchachos, dueños del área y de las rutas, lo que le evita a Isidro y sus hermanos las incómodas intrusiones del Ejército que les dañaría el negocio o que cobraría comisiones aún más altas. Pero por otro lado, con las conversaciones de La Habana en ciernes, es posible que el negocio cambie y la guerrilla deje al campesino con el pecado y sin el género.

Se habla del oro como la “nueva” moneda nacional para conseguir armas y poder.

La presencia estatal en esta zona semiselvática se limita a un helicóptero que rutinariamente da una vuelta de gallinazo en las mañanas y a la avioneta del glifosato que suma sus venenos al Carbofurán neurotóxico que impregna la piel de los trabajadores de esta finca y que es distribuido por los minicapos, bien sean colonos negociantes o milicianos. Desde luego, el plátano y la yuca, si es que siembran —siempre como abrigo de la coca— están contaminados. No hay energía eléctrica y el puesto de salud o de giros más cercano está a miles de pesos de distancia en chiva.

El sistema nervioso de Infante, de 26 años, el hijo mayor de doña Zilda, ya da muestras de estar muy afectado. Infante siente debilidad y ahogo, que achaca a otras cosas. Ninguno sigue las recomendaciones del “remedio”, pues a duras penas leen silabeando lentamente. Y si ya con protección este tipo de pesticidas es fatal (está prohibido en Europa y Canadá, de modo que somos nosotros los compradores), sin precauciones es perverso. No sería raro que los hijos de Infante y de Isidro sufrieran malformaciones horrorosas, con lo cual se cumple la profecía de doña Zilda de que la peste también les caerá sin duda a ellos y no sólo a los pollos del corral. La coca es una plaga. Pero el abandono del campo es la peor de las pestes y epidemias. El posconflicto (o bueno, el posacuerdo) debe obligarnos a repensar a profundidad este país.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias