El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Las semillas del cambio

01 de julio de 2013 - 05:00 p. m.

Una reforma rural integral (RRI), como la que se está conversando en Cuba, equivale a armar un rompecabezas al que las ratas se le han ido comiendo las piezas por siglos. Y, sin embargo, hay que hacerlo.

PUBLICIDAD

El solo hecho de pensar el tema constituye un avance en un país centralizado que ha vivido mirándose el ombligo, sordo a las necesidades de sus territorios.

Es comprensible que en el primer informe de la mesa de conversaciones de paz en La Habana los participantes no entren aún en los detalles. Pero hay principios fundamentales que deben ser mencionados por las dos partes, especialmente por las Farc.

El primer punto que se asoma con una timidez sorprendente es el del agua. Desde luego se menciona una “especial atención a la importancia de proteger y preservar el agua y el medio ambiente”. Pero aquí no puede haber aguas tibias: o protegemos este elemento como prioridad fundamental o entraremos en otras guerras por ella, antes de morirnos de sed. El ahínco con el que se debe tratar el tópico debe dejarle claro al país que, sin una protección adecuada, inmediata y eficiente de las cuencas, no hay reforma rural posible, y ni siquiera desarrollo neoliberal factible. Pensar, por ejemplo, en un ministerio del agua, que coordine la protección de las cuencas sin demora, no es un asunto de ideologías. Las corruptas corporaciones autónomas son un desastre natural. Un manejo adecuado del agua es una prioridad evidente que no resiste más retórica.

Con respecto a la salud, en el primer informe conjunto “se acordó un nuevo modelo especial que atienda, con un enfoque diferencial, zonas rurales dispersas con pertinencia y énfasis en prevención”. Suena aceptable, pero no parece presagiar grandes cambios en la estructura del negocio. Falta una mención a los sistemas tradicionales de salud, es decir, a la riqueza de la medicina de nuestras etnias en conocimientos botánicos y manejo comunitario de la salud, incluyendo los partos naturales, lo que sería una verdadera revolución. Que la medicina alopática sea el complemento alternativo y no al revés es la manera de proteger esa sabiduría para beneficio de la población rural y el bolsillo del país.

Por último, en lo relativo a la alimentación y nutrición, “se pretende asegurar para todos los ciudadanos disponibilidad y acceso suficiente en oportunidad, cantidad, calidad y precio a los alimentos necesarios para una buena nutrición”. Bueno, ¡apenas obvio!, pero bien podía mencionar el Ejército del Pueblo que la seguridad alimentaria va de la mano con la soberanía alimentaria, a saber: la protección de las semillas autóctonas que están desapareciendo a ritmo escandaloso para ser reemplazadas por el monopolio multinacional de las semillas genéticamente modificadas y sus inevitables agrotóxicos.

Muchos colombianos esperamos un esfuerzo de parte y parte para rehacer los fragmentos del puzzle nacional. Cuando la guerra continúa en nuestros campos, no es momento de sentarse a la mesa a llenar el crucigrama.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias