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Muere la esperanza, comienza la acción

30 de octubre de 2018 - 12:00 a. m.

Mañana 31 de octubre puede ser un día histórico para las generaciones del futuro. En Parliament Square, en el corazón de Londres, un creciente número de personas se unirán a la Declaración de Rebelión, un alzamiento contra la extinción de la vida en el planeta.

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Los británicos son la punta de lanza de una posible revolución global porque en esa isla europea nació la Revolución Industrial que hizo de Occidente lo que hoy vemos. Por generaciones, han observado y padecido las artimañas de un sistema cada vez más depredador, han sufrido las mentiras del desarrollo y del progreso a la usanza neoliberal y por ello nos llevan la ventaja en conciencia y en cansancio, como los viejos sabios de una tribu. Están hastiados y tienen ahora la certeza innegable de que, como van las cosas, la extinción de la vida en el planeta podría ser una realidad, aterradora y cercana, como lo afirma la ciencia y lo confirma el sentido común de un campesino o la desazón de un ciudadano del mundo, despierto, sintonizado y preocupado.

Así que mañana afirmarán: “De acuerdo con nuestra conciencia y como un claro deber para con nuestros niños, nuestras comunidades, esta nación y el planeta, declaramos una rebelión no violenta en nombre de la vida misma y contra nuestro gobierno y su negligencia criminal”. Resuenan a palabras universales de la especie en el momento.

La llamada Extinction Rebellion o Rebelión contra la extinción aspira a ser un movimiento internacional que utilice la desobediencia civil masiva para entrar en un talante de movilización tipo tiempos de guerra en respuesta al desastre del cambio climático, que ya muchos hemos entendido y padecido. Los principios son los de las verdaderas revoluciones humanistas y su espíritu es el de un altruismo conmovedor tan moderno como antiguo que es incluyente, respetuoso y que detenta la eficiente verdad de lo poético sumada a las certezas de la ciencia y a la acción civil comunitaria aterrizada. Así proclaman, proclamamos: “Nuestros corazones se rompen y nos enfurecemos contra esta demencia. Tenemos el derecho y el deber de rebelarnos ante la tiranía de esta imbecilidad, enfrentados a este plan de suicidio colectivo… no podemos quedarnos de brazos cruzados y permitir la continua destrucción de todo lo que amamos”.

Es fácil suscribirse a los principios de este movimiento. Con excepción de la pérdida de la esperanza —que en mi caso pende del hilo de una conexión espiritual que me impide perderla, aunque se opaque por momentos—, los fundamentos son los ideales que quisiéramos hacer realidad en el planeta. Enumero algunos que me son entrañables: el primero es la certeza de que el capitalismo extremo, además de crear inequidad, está destruyendo a sabiendas el planeta como lo promete Bolsonaro; asimismo compartimos una visión común del cambio; necesitamos una cultura sana, resiliente y adaptable; valoramos la reflexión y el aprendizaje; le damos la bienvenida a todo el mundo y a cada parte de estos individuos; mitigamos el poder para romper las jerarquías para lograr una participación igualitaria; somos una red no violenta… y otros valores altruistas y pragmáticos.

Y podríamos firmar conjuntamente: “El tiempo de la abnegación se ha terminado. Sabemos la realidad sobre el cambio climático y sobre la actual aniquilación biológica. Es el momento de actuar como si esa verdad fuera real. ¿A qué nos compele conocer esta verdad? ¿Morirás sabiendo que hiciste todo de lo que eras capaz?”. ¡Buena suerte a esos rebeldes! Aquí estamos.

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