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Opio en serie

30 de mayo de 2016 - 02:53 p. m.

Y mientras allá afuera Netflix, Amazon, Cuevana, Mubi y los demás tiburones hacen guerra por atrapar más clientes, aquí adentro la lucha personal es afiebrada.

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Son cerca de las 11 de la noche y me acabo de inyectar el S2:E4 de mi serie favorita. Sé que cuando aparezca la flecha que titila para seguir en diez segundos con la dosis E5, mi voluntad flaqueará hasta ceder al compulsivo clic. Fascinación atávica. Pero esta columna debe ser escrita, así que con una determinación de rehabilitado opiómano maoísta, me levanto, desconecto los cables del Wi Fi y espero a que me pasen los temblores. Ya entiendo por qué el morfinómano rogaba a sus amigos que le dieran palo para aguantar el doloroso mono de abstinencia. ¿Se morirá mi héroe entretanto?

Los jóvenes de este milenio no saben el dolor que significa que los llamen a comer en medio de su programa favorito. No conocen la llamada perentoria, sin apelaciones del tipo ¡Ay, mami, dos minutos!, y sin el recurso moderno de la pausa en el streaming o la oportunidad de grabar en digital. Ese sí es un trauma delicado cuyas consecuencias todavía sentimos los mayores cuando dudamos si pausar la serie, pues nos invade el pánico pueril de que mientras nos obligan a tomar sopa de auyama nos perdamos el desenlace de la escena de Robin colgado de las piernas y enfrentado al paraguas puntiagudo del pingüino… Por eso soy adicto: es culpa de mi madre.

Lo cierto es que cada vez se producen más series y mejores. Aunque las de los canadienses y australianos ya descuellan, los maestros siguen siendo los ingleses —para cierta desazón de los franceses—, pues su tradición teatral cultivada con esmero, produce los mejores actores y actrices del planeta. Y su excentricidad es una libertad. A algunas series gringas con sobredosis de aditivos de sexo, de violencia y persecución en automóvil, se les nota todavía el bubble gum. Pero una producción como Downton Abbey es una obra maestra de su género, si bien se pliega a veces a complacer el natural mercado callejero: hay en el mundo 80 millones de espectadores para las series de Netflix, por ejemplo. En una buena serie se aúnan los elementos más refinados del teatro, el cine, la música, la genética fílmica del tipo BBC, la maestría de los diálogos en los que el lenguaje no sufre el detrimento usual de los filmes de pura manipulación emocional, los cortes refinados… y la producción a la que le invierten cantidades descomunales de dinero, y de veneno. Este producto audiovisual de creación colectiva es sin duda una forma moderna de hacer arte. Como en el teatro antiguo, hay catarsis. Como en las mejores obras de cine, hay belleza para el ojo y el oído. Y como en un buen libro clásico de Dickens o Tolstói, hay sabiduría sobre el género humano y enseñanzas. No reemplaza el placer de la lectura, ni requiere el mismo esfuerzo pues se podría ser un eterno consumidor pasivo de las series, pero le sirve peligrosamente de placebo. No en vano un Game of thrones es noticia de primera página en los diarios de todo el universo. Y esta es, incidentalmente, la nueva forma de hacer publicidad: vender la serie, pues como por fortuna no hay comerciales que interrumpan los vikingos…

No veo la hora de reconectarme a internet. La retina me pide su confite, pues se ha acostumbrado al estímulo del movimiento rápido del ojo en condición onírica. Sí. Me chutaré otra dosis de S2:E5, no sin la culpa roñosa de estar procrastinando mis lecturas. Pero también estoy aprendiendo a controlar esta sustancia —aunque me quede sin tema de conversación con los amigos—, pues no quiero que los mercaderes de estas drogas seductoras me manipulen hasta convertirme en otro de sus esclavos más sumisos.

 

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