La tregua navideña se sentía en el ambiente. Por primera vez en años de recorrer la troncal de la selva que lleva al río Fragua, no había un solo retén en el camino.
Desde Florencia, Caquetá, hasta Piamonte en la bota caucana, los pocos miembros del Ejército a lo largo del camino custodiaban como siempre algunos puentes de la marginal, pero se limitaban a bostezar, levantar el pulgar como les enseñó Uribe y a secarse el sudor con los pañuelos. Los guerrilleros estaban en sus montes y sus milicianos de civil en las cantinas como cualquier colombiano en estas fiestas. Ni la Policía, ni el Ejército, ni los guerrilleros trancaban el tráfico ni hacían requisa. La sensación de paz provisional era sabrosa.
Pero nada más llegar al resguardo que llamaremos La Filanga, a visitar a unos viejos amigos inganos, sentí el impacto de las nuevas condiciones de la guerra. La cancha de fútbol que funge de plaza del caserío indígena, rodeada de una iglesita hecha a pulso por algunos feligreses y una escuela semiderruida, termina en un descenso que conduce a la quebrada más bella de la zona: la Filanga, hija inmaculada de las selvas del piedemonte del parque Indiwasi, de donde se saca el agua para beber y cocinar. Allí, desde hace muchos años, a manera de ritual de bienvenida, nos deteníamos con mis amigos indígenas para lavarnos de la cara el polvo del camino, tomar un sorbo de agua vegetal reconfortante y hacer pipí en un árbol cercano para marcar el territorio antes de continuar hacia la finca más adentro. Pero esta vez, diciembre de 2014, la sagrada Filanga era un caudal de barro que despedía aromas sospechosos. Había llegado la fiebre del oro y comenzaban las guerras locales por el agua.
Cuando le pregunté al gobernador del cabildo por este desastre, me contó que había, en las afueras de la reserva, algunos personajes buscando oro y que ya la comunidad estaba en plan de conversar para defender el agua del caserío, pero que las cosas no eran tan fáciles como un simple diálogo, pues el oro era la nueva “esperanza” de la zona, como hasta hace poco lo había sido la coca. Así que este resguardo no se escapaba a la avidez minera nacional, a costa del agua, por supuesto. De no haber movimientos ciudadanos que lo impidan, pronto los ríos cercanos, el Fragua y sus afluentes, estarán llenos de dragas chinas y draguetas de mecánica nacional como los demás ríos de Colombia. La devastación que acabará con el agua está auspiciada por el mismo Gobierno, avalada por los títeres del Ministerio del Ambiente y sus licencias exprés, impulsada por el cabildeo de las multinacionales mineras y controlada por quienes antes controlaban las rutas del narcotráfico. El mercurio en las aguas, desde las quebradas hasta los litorales, envenenará lo poco que quede de pescado, como ya está envenenando el bocachico que mis amigos pescan con atarraya en un brazuelo que hasta hace tres meses era el paraíso y hoy corre malherido rumbo al Caquetá, al Amazonas brasileño y luego al mar.