En el parque a dos cuadras de mi casa en Cali, los gavilanes llevan días fabricando un nido. Escogieron un samán viejo, nudoso y arrugado, de ramas asombrosas. Casi en la copa, asoma la cabeza del polluelo, cuyos chillidos todavía no asustan ni al sirirí ni a los canarios y menos a las impávidas guacharacas del entorno. Si este anciano adornado de mohos y de líquenes estuviera en Bogotá, Bobolitro lo habría mandado talar “por sanidad”; pero no en Cali. El Valle ama sus árboles porque la sombra y el aire que producen son remanso y porque en ellos habita una cantidad abrumadora de las aves del país. Y entendamos que Colombia alberga la mayor diversidad de aves del planeta.
Es tal la riqueza local y nacional que tenemos en los pájaros, que Colombia BirdFair va ya para su quinta versión. Los esfuerzos de sus organizadores iniciales, el perseverante Carlos Mario Wagner y su equipo, han ido consolidando un nombre entre los observadores de aves del mundo y, sobre todo, han creado un entusiasmo entre los ciudadanos colombianos que hemos aprendido a mirar a las copas de los árboles buscando estos tesoros de cantos y de plumas aún en la ciudad.
Transcribo lo que dice Richard Thomas, coordinador de la revista Traffic, en una carta doméstica enviada con motivo de la feria: “América del Sur es el hogar de la mayor diversidad de aves que exista en cualquier otro lugar del planeta; (…) merece ser coronado como el ‘continente de las aves’. Y Colombia es el país que se destaca como la joya de esta corona”. Y como él, centenares de observadores de aves, de pajareros criollos, de fotógrafos, de citadinos del común, comenzamos a entender que si en algo tenemos una fortuna —y una responsabilidad— es en esta diversidad, directamente ligada a la conservación imprescindible de los nichos que la hacen prosperar.
Y continúo con Thomas porque lo dice todo, aunque nuestros gobernantes aún no escuchan estos trinos. “Esta pura y gloriosa riqueza de diversidad aviar es un tesoro nacional, y convierte a Colombia en un gran atractivo para los observadores de aves y para aquellos en todo el mundo con un interés incluso pasajero por la naturaleza. El aviturismo claramente tiene un gran potencial y, si se comercializa de manera sensata…”. Y como insiste el lema de la feria de este año, naturalmente promueve la conservación de los bosques y las aguas.
Los organizadores de BirdFair también han logrado, a través de la Asociación Río Cali, destinar las ganancias de la Feria (aparte de unos emolumentos simbólicos a quienes la organizan) para crear una reserva en una de las zonas más biodiversas del planeta, la zona de transición entre los Andes y el Chocó Biogeográfico de Colombia, en Dagua. Esta Reserva Natural de Aves Las Bangsias cuidará de los osos, los pumas, las ranas, las serpientes y, desde luego, de los pájaros de esta porción del edén recuperado. Un refugio para la esperanza.
Así que pegáte la voladita. Porque las conferencias magistrales de pajareros nacionales y extranjeros, las salidas de campo para avistamiento, los talleres para guías, la introducción a la fotografía de aves y otras actividades —muchas de entrada libre— son el portal a un universo de sonido y color insospechado. Y por las noches… ¡que le pongan salsa!