Doña ascensión necesita vender dos novillazos, adquirir un bulto de maíz para gallinas criadas en el patio, conseguir unas botas pantaneras para andar por la finca y comprar un pegante para la caja o prótesis, recién hecha en Florencia.
Ascensión, Doña Chon para un vecino, es caqueteña, de aquí del Orteguaza. Es muy dulce mujer de fuerzas espontáneas. Heredó las hectáreas de su padre, un huilense inocente que descuajó la manigua misteriosa a punta y filo de peinilla y hacha, y ahora en esas tierras hay pastos y ganado, como corresponde al ideario arrevesado del colono: 100 hectáreas de selva improductiva, limpiadas para meter en la manguita unos cuantos cuadrúpedos famélicos. ¡Oh!, historia patria.
Chon organiza con un hijo y dos empleados que los novillos salgan primero por la trocha, hacia el brazuelo pandito del gran río. Se da un par de retoques de belleza y busca una bolsita misteriosa en la gaveta, saca literalmente de debajo del colchón unos billetes, de los pocos que quedan, mientras se queja del escaso biyuyo circulante en esta zona, y se cala las botas rotas reforzadas con latón para los chuzos del ganchero del guadual tumbado, va y le atraviesen los pies en un descuido.
Los novillos ya están trastabillando en la canoa que los ha de llevar al otro lado del riachuelo. Hoy la corriente es mansa y los viajeros cruzan en cuatro palancazos de silvestre boga. La camioneta de estacas los está esperando y Doña Chon, su gente, con todo y dos novillos, arrancan derechito a La Ilusión.
El pueblo los recibe con ruido de parlantes estruendosos, mercadillos de comida y miscelánea pueblerina erótica. Ascensión hace detener al conductor frente a un tenderete improvisado, en donde hay una balanza romana con sus pesas. Después de preguntarle al dueño del camión —que ya se mete su primer pase del día— cuánto se debe y recibir la respuesta no en pesos, sino en gramos, Ascensión se saca la bolsita que carga entre los pechos grandes, la destapa y con una cuchara que está a disposición sobre la mesa cerca de la balanza, hace pesar el polvo, de pura cocaína, equivalente al viaje. El transporte local se paga así, pero no el que se aleja de la zona, para el cual se necesitan los billetes y su peso en oro. Aquel que diseñó el billete de mil pesos profetizó al imprimir al lado de Gaitán una balanza.
Doña Ascensión es conocida y respetada en La ilusión. Le han regalado en adopción gratuita a por lo menos siete niños y niñas de colonos paupérrimos, a quienes les cocina y luego los educa. Pero aquí en la farmacia, y pese a su prestancia, debe pagar en billetes bien tatuados para comprar la pegatina de sus dientes, incluso alegando porque no le reciban el polvillo y por los precios criminales del pegante de la prótesis que baila si está suelta, y es de lujo, como si hubiera dentista en estos campos en donde diente picado no fuera diente sacado.
Pero las golosinas de los críos, el maíz, y las botas, al igual que el almuerzo, y todo lo demás —excepto medicinas y excursiones— se pagan de la bolsa, se pesa en la balanza del señor balancero. La ganancia de polvo por los dos novillos fue menos cantidad que la vez pasada, pues por alguna razón originada en un mito brasileño… El ganado ha perdido su prestancia.