El conductor del coche de los novios, antes de emprender su viaje de Barranquilla a Cartagena para llevarlos a su luna de miel en las playas de Barú, aprovechó la espléndida recepción después de la ceremonia religiosa para tomarse un ron con hielo y cocacola.
La corbata —adornada con un broche que parecía más bien una pinza para el pelo con una perla nacarada plástica— le apretaba el gaznate de mulato grande. El terno de cachaco que la mamá del novio bogotano lo había obligado a lucir en ese día, lo hacía temer que el desodorante mañanero iba a fallarle pues ya los rodetes de sudor en las axilas aparecían por entre el paño inapropiado para el clima. Pensó en que mejor dos, dos rones con buen hielo.
El accidente ocurrió a la altura de Salgar, cuando en la madrugada un enorme bus sin luces adelantaba a un carro tanque preciso en la llamada curva de los Mangles, que debería tener prontuario judicial, o al menos el ingeniero de peraltes, pues ha hecho matar a más de uno. El conductor, aún muy enfundado en su chaqueta de cachaco, más bizco de cansancio que de ron y distraído con los calientes arrumacos de los novios, no lo vio. Murió la novia.
No se sabe cuánto duren en pena los finados por causa de accidente. Lo cierto es que hoy en día, la novia, muy vestida de blanco y algo pálida, se sube a los automóviles y taxis entre las doce de la noche y las seis de la mañana, sin que el vehículo se haya detenido. Se sienta en el asiento trasero, extiende su vestido, se arregla la diadema de azahares y se la prende al pelo con un broche de perla nacarada plástica que parece una pinza de corbatas, mientras le sopla en la nuca al conductor un hálito de hielo. El conductor al verla aparecer por el retrovisor sufre un desmayo. Pero si tiene tiempo de voltear la cabeza, no ve a nadie, lo que produce un pánico de muerte. Los que han sobrevivido a la novia de Salgar cuentan el mismo cuento, que permanece igual, sin añadidos de la imaginación local, que no es escasa.
Ni el padre Crookman. que cura con sus manos los cánceres más bravos y de quien dicen que tiene pactos serios con alguno —unos dicen arriba y otros dicen abajo—, ha logrado calmar a esta enamorada con sus rezos, sus misas y su hisopo de agua consagrada esparcida por el área en un ritual de medianoche. La sugerencia más sensata que se escucha es la de la señora Zoila Márquez, que cierra su local de coco frío en la carretera de la zona a las cinco y cincuenta y cinco de la tarde. Se le ha ocurrido que las autoridades —para que se regularice el difícil transporte nocturno entre Salgar y la ciudad— deberían localizar al novio, que está vivo, y rogarle que pase en automóvil por esta carretera, a eso de las dos de la mañana, ojalá con el frac del matrimonio. Así la novia podría decirle adiós como Dios manda y descansar por fin en donde sea que les toque a las vírgenes que se quedan ensayadas.