Otro motociclista muerto. Suben las estadísticas. Se puso el casco al salir de la casa, se echó la bendición supersticiosa y se le midió al tráfico atroz de su ciudad.
Sacó la moto a crédito para tener transporte, aprendió a conducir con un amigo policía y compró la licencia muy barata, pero nadie le dijo que los retrovisores de “sus enemigos”, que van en cuatro ruedas, en seis o en 16, tienen un punto ciego. Trató de adelantar por la derecha, la línea blanca estaba jabonosa, el automóvil al que estaba adelantando le hizo el quite a un peatón… Otro motociclista muerto. Y así todos los días. Suben las estadísticas.
La mayor parte de los accidentes, al menos en Colombia, ya no son de mecánica ni por error humano. La causa principal es la actitud, es decir, la guerra fratricida incorporada en el imaginario de los conductores de automóviles y motos. Por alguna razón ancestral desconocida, el poder de la máquina transforma la psiquis de quien la conduce. ¿Quizá se deba a la sensación de poder y libertad? ¿Acaso el anonimato social enmascarado en las latas y los cascos?
Lo cierto es que al conducir sufrimos una metamorfosis de ser humano a bestia enardecida, especialmente si las condiciones del tráfico exacerban. Sumémosle la intolerancia nacional, la impaciencia latina y los estruendos embrutecedores de la urbe, y tendremos reacciones en las que prima el cerebro reptiliano, excepto que el principal instinto, el de conservación, se desfigura hasta el punto del suicidio colectivo.
Y hay mitos que no ayudan. El mito de la moto zigzagueante que les puede hacer el quite a los trancones, el mito de que en moto no se respetan pares, cruces prohibidos, aceras, peatones y semáforos, el mito de los conductores que consiste en creer que el motociclista es un enemigo peligroso y despreciable al que no hay que respetarle el espacio individual “porque ellos no respetan”. Lo típico en las guerras, aplicado a las maltrechas avenidas del “progreso”.
De no haber próximamente campañas pedagógicas intensivas sobre normas tan obvias como la de no adelantar por la derecha, un pacto de concordia entre automovilistas y motociclistas que cambie los patrones arraigados, un control sobre las habilidades de conducción y conocimiento de las normas básicas que con la entrega de licencias falsas resulta imposible, la situación tenderá a empeorar. No ayudan mucho los glamorosos y ruidosísimos desfiles de harlistas, importadores de sueños gringos y arribistas y de fábulas de machos exitosos que el pueblo imita sin pensarlo dos veces.
Es importante que la idea de usar la Inteligencia Vial tenga alcances reales. Esa política, a manera de ejemplo, no puede ser diseñada sólo para los pocos usuarios de internet, no puede tampoco desligarse de la sensación de pertenencia a la ciudad ni de la cultura ciudadana general. Y es que no es un problema de verdadera inteligencia, sino de instintos que hay que reeducar y de pactos sociales que hay que renovar a través del ejemplo. Es cuestión de insistir prolongadamente hasta que se entienda que el problema es de actitud y que, cuando es así, sólo la educación funciona. Necesitamos alcaldes preocupados por los seres humanos que habitan la estructura, y no por la estructura como tal, que en últimas solamente es soportable si la cotidianidad emocional del ciudadano responde adecuadamente a lo que significa vivir en estas urbes.