En el planeta hay millones de personas que aún tienen el atávico reflejo de arrojar los desperdicios por la ventana con la humana certidumbre de hace siglos de que se los comerán los animales o se volverán abono con el tiempo.
El problema es que ya los desperdicios no son biodegradables, ni inertes, ni hay espacio en el patio para ellos. Con el reciente invento de los sintéticos y químicos, el universo cambió más rápido que el reflejo ancestral de desecharlos en el entorno más cercano y al planeta ya no le caben más residuos: serán el verdadero legado perdurable que deja el homo sapiens.
Y uno de los residuos más oneroso para el medio ambiente es la ropa. Por donde se le mire, los textiles son un dolor de cabeza para un ambientalista: después de los combustibles fósiles, la segunda polución más seria es la de la ropa y los textiles. Casi todos son sintéticos, sus teñidos son tóxicos, los poliésteres, viscosas, nilones, rayones y acetatos producen veneno al fabricarse y no se descomponen cuando se termina la vida útil de la prenda. Son simplemente un plástico igual al de las bolsas de basura y las botellas.
Quizá —tenemos la esperanza— los textiles de fuentes naturales sean mejores: el algodón, por ejemplo, elogiado desde la antigüedad por su nobleza. Pero para sorpresa descubrimos que el algodón exige unas enormes, desproporcionadas cantidades de agua en su cultivo; usualmente es transgénico, se cultiva en grandes extensiones en “América” que es el primer exportador en el mercado. El algodón moderno depende de toneladas de pesticidas, que se quedan en la prenda después de procesada. Si le añadimos los venenos de los tintes y blanqueadores que van a dar al río y la explotación de los obreros en las maquilas medievales, el algodón no pasa bien la prueba de amistad con el planeta; a no ser que fuera el algodón orgánico. Y hablar del cuero, para cambiar de tema, daría para un ensayo bogotano apocalíptico. Estamos hechos.
El desastre de la moda rápida en la que cada individuo compra de manera compulsiva lo que está de fashion para desecharlo a la primera postura o la segunda, ha creado un mercado de la ropa usada que es uno de los comercios actuales de más auge en el mundo. Además de globalizar la moda de manera muy rápida, crea desde luego una cantidad inmanejable de despojos sólidos y en su comercio, usualmente marítimo, los buques utilizan diésel burdo, contaminante a gran escala, apenas medianamente regulado. Las dosis de azufre y de monóxido que producen un carguero —o un crucero— son cifras de cuidado, dolorosas como una inundación en el museo del Louvre o un deshielo para las tradiciones esquimales. Ese es el aporte de los tratados de libre comercio a este paisaje: montañas de basura con nubecitas tóxicas.
¿Pero es que entonces debemos añadir a las dificultades de encontrar comida y agua limpia, la de hallar ropa que no deje una huella negativa? Para mí mismo la respuesta es sí. Aparte de conseguir una hoja de parra para tapar estas vergüenzas, la teoría de las cuatro R parece inteligente: Reciclar, desde luego, cada vez que sea posible; Reutilizar al máximo la ropa aunque las tías comenten que anda muy matado; Reducir el consumo innecesario para no caer en la trampa de la moda y su obsolescencia programada por definición; y por último Remendar, como se venía haciendo desde antaño al voltear con cariño un cuello de camisa.
¿Y por qué, como colombianos en vía de legalizar algunos de sus usos usos, no pensar en los beneficios del cáñamo, cannabis sativa, esa planta ancestral y noble utilizada para crear textiles como lo han hecho ya en decenas de países? Esta herbácea se nos da de maravilla, no requiere pesticidas, no es tan sedienta como el algodón y sus tejidos son limpios, durables y cuando se terminan se pueden arrojar por la ventana al patio pues se vuelven comida de lombrices.