Chile, noviembre 2011. «Porque aquí en Chile —dice un profesional del medio ambiente y seguidor de los paros y las marchas— parecía que a la gente no le importaba nada, pero mira…». Y señala una escuela de Santiago tomada por los estudiantes, en la que los pupitres están arreglados como esculturas simétricas modernas en las rejas del predio.
En Londres, mientras tanto, la ocupación de un banco suizo continuaba; en Nueva York, el desalojo de los Ocupantes del Parque Zuccotti hacía decir a Arundhati Roy, la bella y talentosa escritora india, que las autoridades estaban confundidas pues el movimiento de los ocupantes no era un problema de territorio, sino de justicia. Ya había también anotado la verdad atrevida de que “la única cosa que vale la pena ser globalizada es la disensión”.
Y así, en menos de un año de la llamada Primavera Árabe, un nuevo lenguaje político y una indignación general por los abusos descarados de un sistema vampiro le dan la vuelta al mundo sacudiendo a los zombies hipnotizados por los espejismos del consumo a ultranza. En Colombia, entre tanto, la “educación despierta”, alentada por el aire solidario de los tiempos, demostraba que se puede ejercer la democracia sin violencia, expresar y poner en acción los valores puramente humanos y lograr un cambio en dirección a los sueños lúcidos de la equidad más obvia.
Desde luego la comunicación entre los miembros de la aldea global es cada vez mayor y más rápida en términos de electrones y pantallas, pero hay también una creciente comunicación imponderable a niveles sutiles intangibles. Cada vez parece más evidente que, a medida que se despiertan la consciencia y los centros cerebrales que la ponen en marcha, la especie refina sus facultades de una empatía planetaria, que ya no es exclusiva de los más sensibles. Las nuevas generaciones, diríamos en jerga cibernética, traen incorporado un nuevo chip o, si ya estaba, nuevamente está activándose. Esta sensibilidad, que por un lado los vuelve vulnerables si el entorno es denso, urbano, agresivo o injusto, puede florecer con el cultivo de las prácticas antiguas de desarrollo personal y un entorno amoroso y natural. Quizá por esto, en nuestro continente, de un extremo a otro de la médula de la cordillera de los Andes, los jóvenes sensibles son los que se arrojan como punta de lanza a las protestas contra unas estructuras de poder que ahogan sus anhelos evolutivos instintivos de construir un mundo mejor en un planeta herido. Y esta es la verdadera política global.
Lo que resulte de todo esto en términos de transformaciones inmediatas no es lo más importante. Lo que realmente tiene trascendencia es que los habitantes del planeta se sientan conectados por los básicos, que el miedo instaurado por los que se creen dueños de este globo no logre paralizar los ímpetus de romper las tiranías y que las “actividades evolucionarias”, como las llama Stiglitz, renueven la confianza en que la especie es viable y que el corazón tiene algo que decir en el proceso sin que parezca ridículo hablar de amor al prójimo. Abrazar a un policía antimotines tiene más eficacia que una papa-bomba.
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