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Si se acabaran los aviones…

07 de noviembre de 2011 - 06:00 p. m.

Nos daría mucha pena si mañana, con el agotamiento —aún demasiado lento— de la civilización del petróleo y el biodiesel, se acabaran los aviones para pasajeros. (Los bombarderos deberían ser desde hace rato piezas de un museo de bárbaros primates).

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Pero es reconfortante saber que la aeronave de energía solar, que ya le dio la vuelta al mundo por los aires, existe y evita el deterioro de las capas atmosféricas, aunque su velocidad no sea exorbitante; ni se necesita. El alma viaja en burro.

¿Cómo no ser uno más de los humanos enamorados de volar, si somos mayoría? Las generaciones contemporáneas del avión, de hélices primero y luego de la bien llamada propulsión a chorro, quizás podríamos emprender de nuevo largos viajes en mula, bote y buque para llegar a destinos ensoñados. Pero nos han hecho impacientes con la posibilidad de dejarnos llevar lejos por las alas enormes de estos bichos. Cuando uno vive en la mitad de tres cordilleras colombianas escalables y piensa hacer un viaje andando y en cotizas…

Y si se le añade al encanto el paisaje desde arriba, que nos recuerda la inmensidad de nuestras pequeñeces cotidianas, la atención de abordo con un glamour que aún no pierde y que, para fortuna de los que no han tenido la oportunidad, está bien caracterizada en las películas, volar a lo moderno marca un hito en la vida, así ahora escatimen hasta el café las amables aeromozas. Y que nunca se dé por gratuidad, pues volar sigue siendo un privilegio, y el ideal sería que, al menos una vez, los siete mil y un pico millones de habitantes del planeta tuvieran la experiencia. Comprender un país como Colombia desde el aire es entender las riquezas de mares y de ríos y lo que queda de las selvas vírgenes. Nadie es el mismo después de sobrevolar este prodigio, y esto ya lo sabían nuestros viejos cuando abordaban con sus mejores ropas.

La utilidad de aprender en el colegio las diferentes configuraciones de las nubes y las bondades o peligros ocultos en sus formas, sólo se justifica si volamos. Para sorpresa de los pasajeros, las cumuleras esquivadas con pericia y cierta propensión nacional de los pilotos criollos a las aventuras, no causan tanto pánico como las turbulencias no anunciadas, pues allá afuera el aire es transparente y no delata veleidades de temperatura. Pero cuando se zarandea la efímera estructura y los aguaceros y chubascos de rayos y centellas cumplen con su papel de recordarnos que la muerte está ahí, que nada controlamos, que somos una brizna, Dios aparece por las ventanillas. Tanto incita a reflexionar esta experiencia. ¡Que el aeroplano permanezca, ojalá silencioso, sin bombas y accesible!

Postscriptum: Las autoridades deben darnos garantías de que las dudas de fraude electoral en municipios como Cota, Cundinamarca, a pocos metros del río Bogotá, y en Old Providence, la provincia del paraíso norte en donde hay colombianos por escogencia —por poner dos ejemplos entre muchos— serán investigadas y corregidas. Demasiadas irregularidades en todo este proceso. Estamos lejos de haber tenido elecciones transparentes. Y un raspao de olla: muy coherente el discurso del presidente Santos desde el Cauca, pero le falta enunciar su intención de lidiar con las bandas armadas de paramilitares si queremos la paz para los hombres de buena voluntad.

 

dharmadevaopinion@gmail.com

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