El nomadismo, madre de todas las ciencias, es el equivalente a ventilar la casa, renovar los muebles y deshacerse de las cosas inútiles.
La mente sedentaria acaba pareciéndose al cubículo que habita, cuadriculado y estático, y necesita un remezón de cuando en vez para romper los ángulos de la rutina, respirar y experimentar la realidad palpable. Quizá por eso viajar es uno de los sueños permanentes de la humanidad y, desde luego, uno de los negocios más rentables de este siglo. Aquí, sin embargo, cabe el letrero de una agencia de viajes en Italia que rezaba “Donde se descubre la diferencia entre un turista y un viajero”. El turista consume lo que le ofrecen, incluyendo el imaginario colectivo externo, las postales mentales del grupo en el que viaja, en tanto que el viajero de verdad, el aventurero independiente, viaja también por dentro y con el movimiento está en permanente revisión del mundo y de sí mismo.
Un viaje por Colombia, ojalá por tierra, es siempre apasionante. Las cinco regiones naturales son de tal manera distintas entre sí, que en verdad este país requeriría un régimen de naciones federadas. La ficción de ser una nación nos hace daño, pues desde el centro se dictan las leyes y las modas, las costumbres, las políticas económicas dislocadas de la realidad de las regiones y también los patrones culturales, en una geografía humana que va desde el más telúrico indígena tatuyo con su propia lengua, hasta el cosmopolita bogotano refinado en Harvard al que llegan a trabársele las erres. En nada se parecen un caribeño cariñoso y un santandereano arisco, o un afro de Quibdó y una beata de Jardín, Antioquia. Sólo al andar por estas tierras tan disímiles nos damos cuenta de que hay algo errado e imposible en tratar de unificar esta riqueza entre las líneas de un mapa dibujado a mano y a su arbitrio por los cartógrafos del poder. Inculcar el respeto por la diversidad que vamos encontrando en la aventura por selvas y montañas o al navegar por ríos enormes, lagunas o arrecifes de coral es importante. Pero sólo un viajero sabe que este respeto no basta, como no basta crear artificialmente a través de la televisión y el radio unos estereotipos nacionales anodinos y deleznables que por un rato producen la sensación de pertenencia; pero son falsas riendas que a la postre se vuelven un elemento más de irritación y descontento.
Si nuestros gobernantes de verdad viajaran, en vez de ser turistas escoltados que persiguen votos, encontrarían mejores soluciones para crear la paz entre estas tribus reducidas a las malas desde la Conquista y tal vez entenderían el verdadero espíritu de lo que este país maravilloso representa. Pero si desde sus oficinas de luces fluorescentes y paredes blindadas sueñan con los Miamis y Parises sin acordarse de dónde están parados, y creen que Colombia se reduce a un equipo de fútbol o a una mina de oro para venderle a Canadá, se les dañó la brújula y quedamos al garete.
*Ignacio Zuleta