Me gustaría poder cantar a todo pulmón con Joe Arroyo que en Barranquilla me quedo.
Pero, eche, tengo ya nostalgia adelantada de saber que no es así pues las brisas que me impulsan llevan otra dirección. Sin embargo, quiero hacerle un agradecimiento público a la ciudad y a su gente y comienzo por estadísticas que parecen inventadas: en los más de 1.000 días que habité en la ciudad y después de centenares de interacciones con los barranquilleros, puedo asegurar que una sola vez me topé con un gesto destemplado. El 99.9 por ciento de los encuentros con el jardinero, el taxista, la mesera, el pregonero y la vendedora de bollo limpio fueron de sonrisa y bacanería. Hay una conversación universal desparpajada, con todos y entre todos. La salud mental de estos caribeños que cultivan el buen carácter como rasgo cultural —que no cogen lucha, se la toman suave, que son tardos para la ira y le huyen a ser espantajopos— es ejemplo para lo que podría ser la idiosincrasia colombiana. Y ojalá haya excepciones para confirmar con creces esta regla.
Las impresiones que una ciudad va dejando son la esencia del aprendizaje de los nómadas. Como capitalino aprendí, por ejemplo, que el ritmo no puede ser frenético, que la sonrisa no puede faltar en el trato con el prójimo, que hacer contacto de ojo nos humaniza: porque la vida es como el cucayo, dura pero sabrosa. También aprecié que aquí se compran aires viejos, se pregonan aguacates, se reparan mecedoras en el patio de tu casa; que Juan de Agua el de la carreta llena de verduras, mamones, nísperos, mameyes y corozos llega a tu puerta dos veces por semana. Aprendí también a capotear un clima de caldera y a desmontar el prejuicio de que “los costeños son flojos” cuando vi a los obreros de la construcción trabajando al mediodía en la azotea y a los orientadores de tránsito calarse un sol mordaz por ocho horas, para controlar un tráfico que augura en unos años ser incontrolable.
Aquí todo el mundo, sea pupy, corroncho, farto o rayúo, es miembro de alguna de las cuatro religiones oficiales: el futbol, el carnaval, los católicos o los protestantes. El fútbol provee la sensación de pertenencia: cuando el Junior o la selección juegan un partido importante se declara, porque ajá, un día cívico; todos —hombres y mujeres y pelaos— duplican la dosis de desodorante y madrugan a ponerse la camiseta de poliéster virgen; se izan las banderas y a la hora del partido se paraliza la ciudad. El carnaval, por su lado, comienza desde que las comparsas sacan sus primeras gaitas, en septiembre cuando eligen a la reina; se exacerba con todo su furor el día de las velitas en diciembre; explota en la batalla de flores y viene a morir con el entierro de Joselito un día antes del miércoles de ceniza que cede el paso a otra religión. Los protestantes, cuyo número crece aceleradamente, no participan ni en el pecaminoso carnaval ni en la semana santa de los apostólicos romanos, pero se permiten veleidades mundanas con el futbol.
Sin duda lo que más voy a añorar, aparte de la gente y del mar, será la luz. Es difícil encontrar en otro sitio esa paleta recochera de rosados, de lilas y naranjas que en un amanecer tenga el poder de alegrar el corazón con un tono tan apacible y cariñoso. Viejo Joe, no me quedo, quizás, pero que vuelvo, vuelvo.