En la muerte de Rafael Baena
Para esquivar el embate de la muerte sin hacer gestos cobardes con la capa, le mandé a Rafael hace unos meses un aparte de un libro de Rushdie que él mismo —a sabiendas— me acababa de prestar para echarle carbón a la brasa humedecida de mi entusiasmo literario. Fue un acto de crueldad entre varones, de ese machismo nuestro que sirve para que la verdad saque chispas de la espada aunque la boca quede sabiendo a cobre viejo. Y era una manera de comunicarnos con las palabras de gente de más peso.
Baena llevaba diez años preparándose para el desenlace final de su batalla contra el endurecimiento del pulmón y habría podido escribir lo mismo, con el mismo tono de piel y el color de las uñas, que escribió el moro en El último suspiro:
“No obstante, jadeante y carrasposo, en definitiva exhalo, venzo. Esto es motivo de orgullo; y no me niego a mí mismo una palmada en mis doloridos hombros. En esos momentos me convierto en mi aliento. Esa fuerza vive por sí misma, mientras yo me concentro en el defectuoso funcionamiento de mi pecho: las toses, los sospechosos tragos. Yo soy lo que respira. Soy lo que comenzó hace tiempo con la exhalación de un grito y terminará cuando el espejo puesto sobre mis labios no se empañe. No es el pensar lo que nos hace así, sino el aire”.
Ayer el espejo estaba limpio. Pero el aliento de Rafael Baena se trasladó a sus libros: cada partícula de oxígeno adicional que conseguía a punta de voluntad inquebrantable y de determinación de darle una pelea bien dada a su destino, la dedicó a escribir. En estos años de una lucha tan cruenta como las estudiadas guerras decimonónicas de sus libros, escribió con premura cuidadosa, muchas cosas. Ni él mismo sabía que las batallas de la historia y la propia escaramuza con la vida darían para tanto: Vuelvan caras ¡Carajo!, Tanta sangre vista, La bala vendida, Siempre fue ahora o nunca y el último, con un título, como dicen los gringos, disingenuous: La guerra perdida del indio Lorenzo. Hubo también recreos de falso porno y de pasión por los caballos, y así tecla por tecla se fabricó una obra que además de muestrario de prosa ágil y lúcida, son textos pedagógicos de historia, de sucesos y aventuras nacionales que se pueden leer con verdadero gusto; son literatura de fuentes refrendables. En estos días circulaba por ahí la maqueta de un cómic que él no presentará en las librerías pero que mostrará la infamia de las guerras, ilustrada en rojos y negros y sombras ominosas para no repetir tan a menudo sus errores.
Pero es injusto decir que estos diez años últimos fueran sólo de letras. Con una astucia socarrona se dedicó también a arreglar sus asuntos personales, a controlar sus desahogos con cuidado de no traspasar los límites ajenos de su mujer, sus hijos y sus nietos y a regalarnos a los amigos sus opiniones ciertamente caviladas y desde un ego domesticado con la fusta de su inteligencia y sus principios, consciente del respeto a la versión de la vida de los otros. Por lo demás la solemnidad no era su veta, así que su sentido del humor de guerrero ancestral, espartano y de taninos astringentes matizaba la frustración inevitable.
Y aquí le devuelvo al viejo Rafa lo que él mismo me escribió por el correo —en letra macarrónica imitación de una Remington de antaño en la que cabalgaron sus primeros artículos de prensa— hace unos días cuando le pedí un pequeño consejo y creyó haberse excedido:
“En fin, no digo más porque siento que me metí en tu rancho y, no conforme con quedarme en la sala, me metí a la cocina a revolver los trastos”.
Lo reprendí. Y esas fue mi última interacción con este hermano. Le contesté enseguida y aquí se lo repito por si quiere venir a darse un vuelto:
“¡Qué pudores! ¿Y de cuándo acá no pueden los amigos revolcarle a una los trastos en el rancho?”.