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Nueva Colombia

22 de septiembre de 2015 - 10:27 p. m.

Había en el mundo un país llamado Nueva Colombia. Allí también gobernaba un presidente taimado. Un Congreso deshonesto. Un procurador con ínfulas papales. Fiscales acomodadizos. Ministros decorativos. Gobernadores fatuos. Y alcaldes arribistas. Sin embargo, las leyes eran diferentes a las leyes de la Colombia de siempre.

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En esa otra Colombia la constitución decretaba, sancionaba y promulgaba que todo ciudadano debía asesinar, torturar y ejercer actos y penas crueles e inhumanas. Todos estaban obligados a discriminar por raza, etnia y religión. Ninguno de sus ciudadanos tenía derecho a su intimidad personal. Ni a su buen nombre. Tampoco al libre desarrollo de su personalidad.

Sin embargo, los ciudadanos de aquel territorio neotropical y frenético tenían los mismos comportamientos que sus compatriotas colombianos: algunos obedecían las leyes y otros más rebeldes, se negaban a cumplirlas.

Quienes no mataban, ni secuestraban, ni torturaban eran constantemente perseguidos por la policía. A la cárcel iban a parar los desplazados, indígenas y líderes sociales que se veían incapacitados para discriminar a sus conciudadanos. Los estudiantes, amas de casa y empleados que devengaban el salario mínimo eran asiduamente vigilados. Y cualquier ciudadano, sin importar quien fuese, era blanco de la fuerza paramilitar.

En Nueva Colombia la situación era aciaga. Sus ciudadanos parecían haber sido criados entre el bien. Muy pocos se preocupaban por acatar a la constitución.

Sin embargo, sus vidas giraban alrededor de una felicidad imposible. Se deleitaban con más de cinco festivales de ferias y fiestas al mes. Escuchaban ritmos alegres y hermosos y comían las delicias que de su tierra brotaban. Y a pesar de las consecuencias del bien, y del caos provocado por la desobediencia civil, siempre se unían como nación cada vez que la selección neocolombiana de fútbol jugaba.

Lo cierto es que año tras año, las fuerzas militares de aquel país mostraban un informe del nivel de criminalidad ante los medios de comunicación, pero curiosamente la cantidad de delitos cometidos en Nueva Colombia era exactamente el mismo número de los delitos cometidos en la Colombia de siempre.

Las cárceles estaban igual de hacinadas. Los juzgados apilaban el mismo número de expedientes que resolverían la situación de cientos de ciudadanos. Las Fuerzas Militares ordenaban el mismo número de operativos para darles captura a los pacificadores. Y el presidente buscaba desesperadamente poner fin a los 50 años de paz que se vivía en aquel país gracias a la bondad de un grupo guerrillero que era el que de verdad gobernaba a Nueva Colombia.

 

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