Argentina ya es historia y todo lo que pasó en un partido extraño, por momentos alocado en el vértigo, incoherente en las acciones, deja el magnífico sabor de boca de un puntazo, porque al final de cuentas no estaba en las previsiones empatarle al mejor equipo de la eliminatoria.
Atrás queda el carácter, el temple emocional, la personalidad de un colectivo sobrepasado largo trecho en el juego de la pelota, pero nunca superado en el plano anímico. Cuando la mano se puso más difícil fue cuando mejor trabajó Colombia y más se le vieron las hormonas a este equipo para superar las dificultades.
Y eso vale, porque cuando no tienes el fútbol y pierdes la pelota, debes apelar al espíritu para emparejar. No se puede olvidar la categoría de David Ospina, un arquerazo en los primeros 25 minutos, como tampoco se puede dejar atrás la voz de mando y el temple de Mario Yepes para reordenar adentro del campo la lentitud en las maniobras en el banco técnico durante la confusión emanada de la expulsión de Cristian Zapata.
Y el segundo tiempo muy bien manejado por Pékerman con el ingreso de Perea y la llegada de Mejía para enclaustrar a la sombra de Messi. Algunos no estuvieron en su mejor noche y quedan interrogantes sobre algunas titularidades. Eso hace parte del fútbol y del subjetivo análisis.
Ahora viene Perú en Barranquilla, donde deberán sumarse otros tres pasitos a la escalera que se va construyendo rumbo a Brasil. Y llega un Perú reanimado tras su victoria ante Ecuador, pendiente inexorablemente de un buen resultado.
Vendrá a trabajar el partido con su fútbol agresivo y de buen manejo. ¿Qué propondrá Markarián? Seguramente un intercambio de ataque, un partido desenfrenado y sin control en el medio, un choque en el que sus delanteros puedan sacar lo mejor.
¿Qué debe hacer Colombia? Un juego inteligente, con posesión, manejo del balón y desgaste del rival en el calor de Barranquilla. No hay que olvidar que los necesitados, urgidos y desesperados son ellos.
Colombia no puede entrar enloquecido en el intercambio de golpes, por más que la tribuna lo quiera, lo pida y lo grite. Es un partido para trabajar inteligentemente, sin dejarse llevar por la urgencia del público.