Ojo, Brasil no es Ecuador ni es Venezuela ni es Bolivia. Los que fantasean con los últimos tres resultados de la selección, tres victorias en línea, olvidan que la calidad de los rivales influye notablemente en el análisis. Y esos tres adversarios —dos son coleros y uno anda arriba en la tabla, pero con un rendimiento de un punto sobre los últimos doce disputados— obligan a ser medidos y sensatos en los análisis. Dejen el carro de bomberos para otros momentos.
Tite y su equipo ganaron en Quito, pero no fueron esa máquina de hacer fútbol que el 3-0 puede hacer ver. Brasil sufrió hasta el minuto 70 y el juego era más para los ecuatorianos, que tuvieron pelota, iniciativa y tres opciones. En los últimos 20, tras el autogol de Mina, los auriverdes jugaron bastante bien y terminaron destrozando a un rival que ha perdido su magia en Quito.
El juego de bandas preocupa mucho en Brasil. Por los dos costados tiene parejas de ataque muy solventes. En la diestra Dani Alves y William, y por la izquierda Marcelo con Neymar. La primera misión colombiana es llenar el ancho de la cancha para recibirlos plenos, sin fisuras y sin huecos por donde puedan trabajar los dos laterales o los extremos, que saben con la pelota en los pies y con su fútbol ofensivo.
A Casemiro, Tite le ha dado la misión de ser el limpiaparabrisas de la defensa y el eterno relevista de los marcapuntas lanzados en ataque. Brasil releva con un central corriéndose al puesto del lateral y Casemiro incrustándose entre los centrales.
Colombia tiene que sustraerse del “factor Neymar”, olvidarse de su permanente invitación a la refriega, de su facilidad para entrar en el bochinche y la fricción. Jugar en serio, sin dejarse meter en el conflicto, mantener la cabeza fría para manejar los tiempos y los ritmos. No hacerlo así es la cuota inicial para una victoria brasileña.
Pékerman ya ha tomado previsiones defensivas contra Chile y Bolivia, y lo hará contra Brasil. No deja de ser el local, viene mentalmente en alza tras los Olímpicos y el triunfo en Quito, y es menester pararlos durante la primera media hora, hasta que sus propios errores los obliguen a jugar diferente. Por eso, llenar el ancho de la cancha con tres volantes defensivos, más el aporte de Cuadrado —necesariamente titular para este partido—, puede significar un buen planteo para el juego.
Brasil no es imbatible ni es la máquina de hace unos años, pero no deja de ser una escuadra peligrosa, poderosa, a la que primero hay que desarbolar, inutilizar y contener, antes que ponerse de gallito y exponerse a una goleada.