Gerardo Martino, a quien llaman el Tata, afirmó que había sido un pecado el empate que Argentina había concedido a Paraguay en La Serena. Se le olvidó decir que el pecado también había sido su manejo táctico del partido, los cambios que hizo y cómo desvertebró y descuartizó un equipo espectacular durante 55 minutos hasta convertirlo en una pálida sombra, una birria, que pudo terminar perdiendo un juego que ganaba 2-0.
El verdadero pecado es no tener muñeca para decidir temas capitales y terminar siendo víctima de los egos fubolísticos. Cuando dirigió al Barcelona el Tata fue incapaz de manejar el vestuario y cuando sus estrellas lo apretaron y pusieron contra la pared tomó las peores decisiones, como desnaturalizar el juego azulgrana para no airar a Cesc y a Neymar. Martino, cuentan en la Ciudad Condal, era víctima de los jugadores y ejecutaba los caprichos de sus estrellas para evitar conflictos de camerino. Y la mejor manera de fracasar en la vida es darle gusto a todo el mundo.
En Argentina parece sucederle algo igual. Tras 55 minutos virtuosos en los que Messi y su banda parecía que iban a golear a Paraguay y llegaron a estar 2-0, el técnico no supo leer el compromiso y empezó a tomar decisiones equivocadas, una tras otra, que terminaron desfigurando la imagen inicial y sumiendo en el descontrol a un equipo fuerte en ataque pero indolente y débil en defensa, como se lo demostró Paraguay, que pasó del terror a la irresponsabilidad, aprovechándose de las erradas decisiones de Martino.
Incapaz de no darle minutos a Tévez e Higuaín, Martino sacrificó al Kun y Pastore, con lo que perdió el orden posicional, y cuando debió meter con el 2-1 otro volante de marca para cerrar un partido que se había vuelto alocado y de vértigo, ida y vuelta con opciones en los dos arcos, sacó volante de marca, Banega, por otro de características similares, Biglia. El temor al qué dirán de los tres volantes de contención lo llevó a no cerrar el juego y dejar el resultado supeditado a la lentitud de maniobra de su pareja central, Otamendi y Gaitán, ausentes de trabajo y con escasas referencias tácticas.
Argentina pudo haber ganado 4-0,como lo reconoció Ramón Díaz, y tan sólo terminó empatando 2-2 en un final lúgubre y que dejó constancia de que cuando los atacan sufren mucho. Argentina es, por ahora, un onceno lleno de individualidades famosas y bien remuneradas, pero está lejos de ser un equipo pues carece de táctica y ordenamiento colectivo.
Pecado es tener a Martino de técnico dándole gusto a todo el mundo y tomando equivocadas decisiones.