El clásico antioqueño se definió por dos detalles sencillitos: los delanteros de Nacional tienen la puntería totalmente perdida y no son capaces de definir el buen trabajo que hace su mediocampo en tarea de gestación.
Y el otro detalle es que en el arco del poderoso estaba Breiner Castillo quien tuvo una noche fulgurante, una de esas jornadas en que sale todo, absolutamente todo.
Es lógico que el hincha de Nacional esté totalmente tocado con la campaña de su equipo porque los resultados en las últimas nueve fechas no son buenos y porque el aficionado llegó a creer que ese equipo armado con la gorda chequera de la OAL cabalgaría en el torneo doméstico y ganaría la Libertadores. Claro, ése es el pensamiento del hincha, que actúa más con el deseo que con la realidad. Nueve fechas sin vencer y fundamentalmente dos veces seguidas de perder contra el Medellín tienen totalmente desencajados a los verdes. Ni son el “barsanal” del que hablaron luego del triunfo contra Peñarol, ni van a cabalgar el rentado. Una curita de humildad, un bañito de modestia, les cae muy bien; ese aterrizaje es magnífico para poner los pies en tierra y valorar que todo no pasa por comprar y comprar. Un buen equipo se construye con chequera y con trabajo, y a este cuadro verde le falta mucha disciplina táctica, mucha repetición, carece de mecánica defensiva y la incoherencia del técnico es visible. Un día juega sin puntas, llenando el ataque de volantes; al otro día renuncia a los volantes de marca, y después pone tres delanteros. Una lotería en la elección de los hombres y de los módulos.
En Nacional, el primero que tiene que serenarse es el técnico Escobar, quien anda bien perdido. En cambio, Hernán Darío Gómez y Julio Comesaña parecen darles la razón a los dirigentes que relevaron al Teacher Berrío y a Insúa. Tanto el poderoso como el Cali lucen diferentes, táctica y colectivamente, y los resultados son motivantes. Los dos técnicos andan en un 60 a 70% de rendimiento y sus equipos son coherentes, tienen un estilo y han cambiado para bien.
No sobra advertir que tanto Gómez como Comesaña tienen que prenderle una veladora a sus porteros, porque ese rendimiento promedio tiene mucho que ver con la solidez de un Mondragón sensacional y de un Castillo que tapa muy bien. Los dos hacen válida la reflexión de Ochoa Uribe: quiero un portero que me deje dormir tranquilo.
Al final de cuentas, para eso están, para atajar, ¿no es cierto?