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Dos en uno

13 de noviembre de 2010 - 09:00 p. m.

A Colombia le fue demasiado bien en el sorteo de la Copa América.

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Un cabeza de serie fuerte, llamado a ganar el grupo a las buenas o a las malas, como les gusta a los argentinos; Japón, un outsider del que se conoce poco, pero que viene evolucionando mucho como lo demostró en el Mundial de Sudáfrica, y un débil como Bolivia.

Es un grupo para pelear el segundo lugar mano a mano con los nipones. Acá no hay misterios ni secretos, los locales son superiores, favoritos absolutos al título, mientras que ese segundo puesto contra los orientales es un desafío mayúsculo al que no se puede minimizar ni tomar a la ligera, como suele hacerse por estos lados donde las ínfulas nos hacen creer que acá se juega bien al fútbol y se tiene una gran selección, cuestión que las últimas eliminatorias y los últimos resultados no han ratificado.

No clasificar a la siguiente ronda sería un fracaso total y una auténtica llamada de atención sobre la forma en que se ha hecho el trabajo desde mayo, cuando nombraron este cuerpo técnico, que ha pedido un año para montar un equipo. Generosamente el público y la crítica parecen habérselo dado, porque a este equipo en embrión que todavía no gusta, que todavía no convence, que deja tantas dudas y tan pocas certidumbres, todavía no se le ha juzgado a fondo. El equipo no tiene calado dentro de la gente, su fútbol no llega, se quiere tapar todo a punta de resultados, pero éstos no están sustentados en fútbol.

Gómez tiene que definir claramente cuál es la intención colombiana en la Copa América. Seguir intentando formar un equipo que juegue la eliminatoria y clasifique o llegar con un equipo para intentar ir bien adelante. El mensaje tiene que ser claro y contundente. Y no comenzar a cambiarlo cada vez que habla. Es o no es. Por ahora, no hay equipo y no hay juego.

Sinvergüenza

En la columna aparecida el domingo dejaba claro que al Tolima lo iban a “robar” en Buenos Aires y lo iban a eliminar a la brava. Eso se veía venir, se olfateaba, se anticipaba. Nunca llegué a pensar que fuese tan descarada, tan cínica y tan desvergonzada la actuación del bufón paraguayo Carlos Amarilla. Le dejó de conceder una jugada de gol absolutamente legal del defensor Martínez. Los comentaristas argentinos, incluido el localista Fernando Niembro, aceptaron que la acción era válida. Y después dejó de sancionar un penal monumental de Navarro contra Perlaza en acción donde pitó un inexistente fuera de lugar. Fue un atraco. Robó y perjudicó al Tolima, que en la cancha fue más en los dos partidos que Independiente.

¿Y Bedoya?, bien, aumentando su barriga en los ágapes de los “bandis” de la Confederación, cuidando su puestico sin ir a molestar a los “dueños” del fútbol suramericano.

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