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El caos

16 de julio de 2016 - 09:00 p. m.

Es la primera vez en la historia de la veterana Copa Libertadores de América que dos equipos del Pacífico disputarán una final. Es la segunda ocasión en que se jugará una definición sin la presencia de equipos argentinos, brasileños o uruguayos. Entre Nacional e Independiente del Valle dejaron en el camino a River, Boca, Rosario Central y Huracán, cuatro exponentes del fútbol argentino.

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El antiguo imperio rioplatense se viene cayendo a pedacitos. El balompié de Argentina vive la peor crisis de la historia. Sus equipos emblemáticos, River y Boca, dan grima, son vulgares, comunes y corrientes, y tan sólo la poderosa máquina mediática de los canales de televisión, los diarios y las radios del sur puede vender humo sobre el supuesto poderío.

Ver un partido del torneo argentino requiere una alta dosis de paciencia. Los argentinos pegan, corren, vuelan, transpiran, luchan, guerrean, jadean, sufren, se angustian; los argentinos conjugan todos los verbos posibles menos uno, el más importante: jugar. La pelota es un adminículo a veces innecesario y que estorba, porque son más importantes la parte física, el colorido de las banderas, el espectáculo de los tifos, la actividad de sus delincuenciales barras bravas, que el fútbol en sí mismo. En Argentina hoy por hoy no se juega, se guerrea, antes, durante y después de los partidos.

Durante el mandato Kirchner, por confabulación entre un mafioso ladrón como era Julio Grondona y otros mafiosos delincuentes, la familia presidencial y sus amiguetes que arrasaron con Argentina, se robaron el presupuesto y el fútbol con visto bueno de los medios “enmermelados”, que recibieron millonadas para hacerse los de la vista gorda y cooperar en el multimillonario atraco a la nación. Hoy, cuando un hombre del fútbol como Mauricio Macri intenta volver atrás y poner la delincuencia “en sus justas proporciones” —como decía Turbay Ayala— resulta que no hay técnico de la selección nacional, acaban de aprobar un esperpéntico campeonato de 30 equipos, no hay dignatarios en la AFA, los árbitros están en huelga, todo es un caos, un gigantesco y risible caos.

De la monumental crisis del fútbol argentino hay que sacar varias lecciones para el futuro. No hay nada más contaminante y peligroso que dejar al Estado meter las manos en el deporte. Cuando los políticos tocan la actividad deportiva, y en este caso particular el fútbol, trasladan sus malas mañas, sus groseras actividades del timo, el fraude, la cometa, los sobrecostos y los serruchos al juego y termina como todo lo que suene a política, Congreso o actividad pública: inmerso en el estiércol. Enriqueciendo a unos pocos.

Y la segunda, los mesías, allá y acá, traen consigo delincuencia y actividades ilícitas. Cuidado con todos los don Julios del fútbol.

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