Parece que nadie se atreve a decirle al señor Infantino, el nuevo presidente de la FIFA, que el fútbol existe desde hace mas de 120 años y que no necesita de sus “revoluciones” reglamentarias, ni de sus drásticos cambios en la organización, ni de su intención de pasar a la historia como el gran reformador, el Martín Lutero del balompié.
Su “invento” de un Mundial con 48 equipos, aprobado a toda carrera, sin debate previo, sin que se evaluaran los beneficios o desventajas de ampliar el número de selecciones, es la clásica muestra de un “pupitrazo” como los que suele hacer el Congreso de Colombia cuando el todopoderoso presidente de turno necesita mover sus maquinarias para conseguir los objetivos. Mermelada, promesas, y todo sale a pedir de boca. Así aprobaron ese adefesio del Mundial de 48 selecciones, que acabará con las eliminatorias regionales, que les quitará importancia a las ligas nacionales y desvirtuará las competiciones internacionales de las confederaciones.
Pero ahora Infantino, que sufre del complejo de “gigantitis”, quiere que los mundiales pasen a jugarse en tres, cuatro y hasta cinco sedes. Al ver que eran pocos los países que quedarían con la posibilidad de organizar evento tan gigantesco, abrió la caja a los mundiales compartidos, que tienen un nefasto precedente en el tema Japón-Corea y en la Euro de Bélgica-Holanda.
A este señor Infantino no le han contado que el fútbol vive y es grande sin sus ideas, y acabar con el fuera de lugar, aceptar cambios temporales, convertir el fútbol en baloncesto o en hockey sobre hielo, meterle cámaras y definiciones de jugadas mediante recursos tecnológicos, los megatorneos con megasedes, son cosas que salen de su cacumen y que no deberían tener acogida.
Infantino quiere cambiar para mal el fútbol y el fútbol no necesita que lo cambien. El fútbol necesita que la dirigencia sea más transparente, honesta, que no se lo roben como hicieron Blatter, Platini y 50 directivos más que explotaron para sus bolsillos el dinero del fútbol. El juego necesita que se les den herramientas a los árbitros para equivocarse lo menos posible, pero esas herramientas no pueden quitarle al juego su velocidad, su ritmo, su identidad. La tecnología no puede ser una excusa para hacer lento el juego. El fútbol tiene que poderse seguir jugando en la calle, en los potreros, no puede perder su esencia como el juego más popular del mundo porque no tienen cámaras ni mesas de control para poder juzgarlo.
Definitivamente, a Infantino alguien tiene que decirle que nos gusta el fútbol como es, con sus errores y aciertos, y que su “gigantitis” y “reformitis” nos dan allá abajo.