Chilenos y argentinos protagonizarán una final con todos los ribetes de gran clásico.
A diferencia de hace cuatro años, cuando aterrizaron en el último partido los uruguayos y los paraguayos, una final sosa, desabrida, desangelada, esta vez llegan al momento de la definición dos equipos con buen juego, con gol, con potencia ofensiva. Sin duda los dos mejores del torneo y con los protagonistas individuales más importantes.
El fútbol es un deporte colectivo, pero los duelos individuales son los que terminan desequilibrando. Y en el rendimiento de sus estrellas, unidas en torno al planteo táctico justo, está la clave para encontrar al ganador. Sobre el papel, Argentina es más. Como dice Ramón Díaz, si los albicelestes recobran la memoria del partido ante Paraguay, será difícil que no levanten la Copa. Mientras la última impresión argentina fue magnífica, la última salida de los de Sampaoli no tuvo esa altura y le ganaron a Perú gracias al desequilibrio que produjo la expulsión de Zambrano.
El circuito creativo de Chile es más variado. Cuando se juntan Díaz-Aranguiz-Vidal y Valdivia, pueden conectar y circular la pelota por todo el frente del ataque. Cuando lo hacen con inteligencia y pausa, moviendo el balón de lado a lado, producen fútbol de alto vuelo y sus pases filtrados son una puñalada.
Las gestación argentina es más directa, más frontal, y a veces pierden balones en la salida que comprometen el fondo. El recorrido de Pastore en línea recta buscando la descarga a través de Messi tiene vértigo, pero también margen de error. Los albicelestes confían en la salida de Zabaleta por la derecha y el trabajo de Di María será más defensivo, fijando a Islas en la banda, mientras el Kun hace desmarques de ruptura.
A Valdivia lo tomarán entre Biglia y Mascherano, mientras que Sampaoli ha encontrado en un cambio posicional de Medel, tirado a la izquierda, la teórica fórmula de equilibrar el perfil inverso de marca de Beasejour. La fórmula puede ser interesante, pero ya se sabe que a un Messi inspirado no lo pueden detener.
La Copa de Alexis Sánchez ha sido para el olvido. Egocéntrico, perdido en sus gambetas individuales, sin gol. El gol chileno es Vargas, un cazarredes que aparece poco en el circuito y mucho en la definición.
Chile-Argentina, un partido de alto vuelo, sobre el papel, una gran final.