El fútbol colombiano pasa por un buen momento. Un título suramericano en sub-20, una magnífica intervención en el Mundial de Brasil, éxitos en la rama femenina, los clubes cumplen su misión y sacan buenos jugadores, muchos de ellos llegan al extranjero y engordan la legión.
Por supuesto, es normal, algunas cosas no salen bien, pero el presente es bueno y el futuro pinta bien porque hay dinero para trabajar. Tanto la Federación como la Dimayor hacen buena labor de mercadeo y han encontrado magníficos patrocinadores para salir adelante.
Un factor clave ha sido la mancomunidad de ideas y de trabajo entre la rama profesional y la Federación. Luis Bedoya y Ramón Jesurún entendieron en su momento que debían trabajar juntos, que tenían que aguantarse en las buenas y en las malas y tirar hacia el mismo lado, protegiéndose de la maléfica sombra de González Alzate, el sujeto de la Difútbol, siempre agazapado intentando pescar en río revuelto.
Lamentablemente la sombra de la desunión empieza a verse en el horizonte. Las relaciones personales y profesionales entre Jesurún y Bedoya pasan por su peor momento, abriendo camino para que el eterno intrigante, manzanillo y cazador de poder reviva cuando estaba prácticamente enterrado y era un cero a la izquierda, como debe ser, como tiene que ser.
Claro, algunos dirigentes menores en pos de figuración, Pastrana y Salazar, se han encargado de echarle gasolina al tema. Ellos también están tras el poder, también quieren pescar y han hecho de la intriga y la mediocridad una constante. No es difícil hoy “envenenar” a Bedoya contra Jesurún y viceversa. Y lo están consiguiendo, hoy ya no hay cordialidad y respeto. En el seno del comité ejecutivo de la Federación se libra una batalla de egos que no pinta bien, que no va a terminar bien, porque la división solo llevará a la pérdida del mando a favor del enemigo, el sátrapa de la Difútbol y sus nuevos amigos. Algunos le venden el alma al diablo con tal de llegar.
Falta un año para la próxima elección y alguien tiene que sentar a Bedoya y Jesurún y hacerles ver que atacándose pierden, que están abriéndole la puerta a un externo y que la única forma de mantener el control es estando unidos. Bedoya tiene muchos temas que explicarles a sus compañeros de Federación —Pascual Lezcano, Full Play, los partidos internacionales, los contratos de Pékerman— y Jesurún debe calmarse porque el enemigo está afuera organizando reuniones, armando sindicatos y tienen nombre propio y demasiadas ambiciones.