Los conceptos son totalmente diferentes.
Alemania tiene una cita con la gloria y espera imponer un estilo de juego, un concepto táctico, una visión de la interpretación del fútbol. Argentina tan sólo tiene una cita con el resultado del domingo y no le importa en lo más mínimo perdurar, imprimir o sellar conceptos, tan sólo ganar en el hoy y el presente.
Con una raquítica media de 1,3 goles por partido y con cinco victorias por la mínima diferencia y una clasificación por la vía de los tiros desde el punto penal, tras 120 minutos de impotencia ofensiva, la selección de Alejandro Sabella no parece escurrirle un milímetro a la concepción bilardiana del juego. Al final de cuentas, para lo bueno y para lo malo, Carlos Salvador Bilardo es el mánager general de la albiceleste y es quien le habla al oído a Sabella.
Por eso, los símiles y parangones entre la Argentina de 1986 y la de 2014 son inquietantes para unos, frustrantes para otros y peligrosos para los amantes de un fútbol estético donde se plasmen el arte y el respeto a la pelota. Esta selección, como aquella, parece concebida en la ley del resultado, la economía del esfuerzo, el desgaste físico, la lucha por la bola, el mantenimiento a rajatabla del cero en arco propio.
Hoy como ayer, el portero es un señor grandote al que le dicen El Chiquito. Tanto Pumpido, como Goicochea y Romero son especialistas en el cero y en atajar tiros desde los doce pasos. Curioso caso de Sergio Romero, suplente en el Mónaco y titular en el Mundial, convertido en el héroe de Itaquerão con sus paradas ante los holandeses.
Hoy como ayer, el equipo gira en torno a un diez desequilibrante, aunque el Maradona del ayer sea mucho más jugador que el Messi de hoy. Diego ganó un Mundial con la inspiración de su mágica zurda. Messi apenas ha ganado partidos en Brasil y su techo futbolístico todavía está cuestionado. Todavía le queda un partido al Nene para revertir los conceptos que hablan de un jugador ausente y lagunero y que parece ya no tener la reacción que lo hacía diferente hace muy poco. El Messi de hoy ha perdido chispa y fantasía, cada día es más mortal y humano.
Y para cerrar el círculo “bilardiano”, un almirante de la tropa que manda, ordena, lidera. Mascherano lleva de la mano al equipo con una actuación sobresaliente como volante de marca, su verdadero puesto. Messi es el capitán pero Mascherano es el jefe.
El cargo lo tiene Sabella pero todo apunta a que el mando lo tiene Bilardo.